Manual de supervivencia para conferencias con 400 asistentes

Otra semana interesante y mi maleta empieza a tener ciertas similitudes con el baúl de la Piquer. A la pobre la tengo llena de pegatinas, cada vez que nos vamos de excursión le pego una más y ya no se ve el color original que le asignó el fabricante.

Esta vez el destino era Aranda de Duero, para trabajar en cabina en las Jornadas Técnicas de Vacuno Lechero. Lo primero en lo que uno piensa es en lo difícil que puede resultar interpretar sobre temas técnicos en este campo, pero en realidad lo que todo el mundo me recomendaba no era buscar glosarios, más bien se centraron en que llevase ropa de abrigo, que en Aranda hace frío. Las cosas como son, no era para tanto, soy de Salamanca. Pero el tema técnico sí que me dejó helada en varias ponencias.

El cliente no nos necesitaba hasta que empezasen las ponencias de la tarde, de modo que mi audaz compañero de cabina y yo nos embarcamos en el viaje a mediodía, lo que supuso que tuviéramos que buscar un restaurante de buen gusto de camino para ir con las pilas puestas a la conferencia. Tras pasar delante de varios locales de buen ver cometimos el error de confiarnos, seguros de que el siguiente restaurante sería aún mejor y acabamos en un motel de carretera con casitas y árboles invernales, más propio de la familia Bates.

Tras comer algo llegamos a Aranda (porque comimos a menos de 20 minutos en coche de Aranda, ya nos vale) y nos encontramos con la siguiente sorpresa: el hotel.

Tuvimos la suerte de conseguir habitación en el hotel más céntrico y cercano a la sala de conferencias pero no nos esperábamos que el Hotel Julia fuera además una especie de museo-mausoleo-anticuario en el que cada esquina y pasillo es un espectáculo visual único. Nuestro pasillo estaba lleno de angelitos luminosos que descolocaban a Iván pero eso no era lo más llamativo.

Por la noche, cuando regresamos de la cabina, nos dedicamos a ir piso por piso, para ver toda la decoración y nos encontramos con media docena de retratos y fotos de una mujer (doña Julia, según Iván), una antigua centralita de teléfonos que debería estar en un museo y un traje de novia encerrado en una caja de cristal (que de noche da más miedo que la chica de la curva)

La sala de conferencias en la que se celebraron las jornadas es un auditorio enorme, completamente nuevo y con unas cabinas que acaban de entrar en el top 10 de cabinas. El técnico de sonido y yo lo comentamos, la amplitud era espectacular, con una mesa larga y ancha en condiciones, enchufes varios y un cristal desde el que podíamos ver toda la sala.

Además de eso el sonido era inmejorable, teníamos dos técnicos a nuestro lado, uno encargándose de la interpretación pura y dura y el otro de los aspectos técnicos de la sala. Nos apagaron las luces y empezó la función. Las ponencias del primer día fueron difíciles por la velocidad de algunos de los “ponentes”. Lo pongo entre comillas porque muchos de los que participaron en la mesa redonda eran expertos en su tema o bien, ganaderos y productores de leche pero no ponentes profesionales (como es lógico). Esto siempre representa un problema, porque los españoles tendemos a hablar muy deprisa, más aún cuando no nos sentimos cómodos y algunos de los “ponentes” tenían muy pocas ganas de hablar en público. Sin embargo, el premio metralleta de esta conferencia (el premio a la persona que hablaba tan deprisa que casi se ahoga y se le olvida respirar entre palabra y palabra) fue para la representante del ministerio. Nunca había visto a nadie hablar tan deprisa, parecía que se iba a quedar sin aire, pero cuando ya estaba morada, aspiraba una bocanada de aire y seguía adelante sin freno. Esa parte le tocó a mi compañero y aproveché para ir a explorar el entorno (básicamente descubrir dónde estaba el servicio). El técnico de sonido estaba escribiendo en su blog y me aseguró que tenía que contar el sorprendente milagro de esta mujer que era capaz de hablar sin hacer un segundo de pausa, tal era su velocidad.

Al salir descubrí un nuevo mundo, el catering elevado a la máxima potencia. La empresa organizadora no había reparado en gastos (de catering) y ante mí había un oceano de mesas con bandejas llenas de mantecados, zumos, batidos, croissants y como unas diez máquinas de café (la foto solo muestra una parte). Fue entonces cuando fui consciente por primera vez esa tarde del número apabullante de asistentes, más de 400 personas sentadas en la sala, con sus cascos y sus portátiles, muchos de ellos seguramente aprovecharían para comentar las jornadas en Twitter o en Facebook y me quedé de piedra.

Después de lo vivido en la conferencia de Barcelona una semana antes, no lograba quitarme de la cabeza que ahora la gente podía comentar hasta las interpretaciones en las redes sociales. No he encontrado nada pero abre una puerta nueva al concepto de feedback inmediato.

De la primera jornada no tengo mucho más que destacar, el ponente holandés fue encantador, subió a cabina a desearnos suerte y nos dio las gracias al terminar. De hecho al día siguiente, cuando en cabina nos encontramos con nuevas dificultades, fue lo suficientemente amable como para decirnos que todo estaba saliendo bien, que no nos preocupásemos. En realidad, las dificultades del segundo día no tuvieron nada que ver con él, con el vestido fantasmal de doña Julia o con el interrogatorio más propio del FBI que nos hizo la dueña de una pastelería antes para averiguar si “compañero de cabina” significa algo más en estos tiempos modernos en los que los jóvenes llaman a las cosas por nombres muy rebuscados.

Lo que nos pasó es que apenas nos habían enviado algunas de las ponencias, pero ninguna de las de la mañana, que, precisamente, eran las más técnicas (veterinario-fitosanitarias). Por suerte, parte del vocabulario me sonaba porque mi padre tiene ganado vacuno (soy de Salamanca) y por traducciones anteriores, pero fue una lucha en algunas partes tener que buscar en los glosarios, en la memoria, sin perder el ritmo acelerado de la ponente y logrando que la información fluyese de forma clara y precisa. Son estos retos los que hacen interesante el trabajo, aunque en el momento a veces tengas ganas de apagar el micrófono y salir corriendo.

Después de esa primera parte complicada, el resto de las ponencias fue casi un paseo, además presentaron la situación de la agricultura en diferentes países y hubo un granjero francés que además de mostrar su explotación dejó caer que le va bien y está soltero (ya que te pagas el viaje a España, hay que aprovechar la ocasión).

En la última pausa del café la gente se dio cuenta que ya no iban a poder disfrutar de las viandas de Aranda gratis después de las últimas ponencias y la zona del catering se inundó de personas. Llegar al baño era peor que hacer lo propio en un bar un sábado en el centro de Madrid. Así que abandoné la idea y el técnico de sonido me mostró las gateras y toda la zona reservada a los tramoyistas, porque esa sala se utiliza también para conciertos y representaciones teatrales. Muy interesante poder curiosearlo.

Conclusión: si tienes 400 personas pendientes de tus palabras lo ideal es no comer demasiados mantecados, tener a un compañero en cabina en el que confías plenamente y un buen glosario a mano para garantizar la calidad. Si además estás en Aranda, recomiendo sin duda ese hotel y llevar una mantita a la cabina.

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Aida

Soy una traductora e intérprete de conferencias desde hace más de once años, trabajo principalmente en Madrid para agencias y clientes diversos.

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