Comer o no comer y dónde: esa sí que es la cuestión

Uno de los temas habituales cuando hablo con otros compañeros de profesión es el de la comidas. En la mayor parte de los proyectos no es que esto tenga mucho misterio. Si te contratan para media jornada, independientemente de si el evento termina a la una o las tres, lo que haces es esperar al final y luego te vas a casa a comer.

En las jornadas completas tienes dos opciones. La primera es generalmente la más cómoda (no por ella la más económica), que básicamente es aprovechar las dos horas (al final siempre es hora y media) del descanso y buscar un sitio que sirva comidas rápido y por buen precio. Además, como autónomo puedes pedir la factura de la comida (no el ticket, al parecer hay que pedir una factura) y así podrás desgravar el coste de esa comida. La segunda opción es más rentable en términos de gastos de comida pero francamente mucho menos recomendable. A menudo el cliente tiene la deferencia de contar con los intérpretes para la comida. Ya ha encargado al hotel o al restaurante que pongan dos o tres cubiertos más (a veces también incluyen al técnico de sonido). En un primer momento uno piensa que es un detalle y que bueno, a nadie le amarga un dulce. Pero hay que meditar esta opción. Vamos a ver los pros y los contras:

A favor de la segunda opción:

– Ahorras tiempo y dinero. No tienes que ir a buscar un restaurante, tampoco tienes que pagar la comida.

– Sabes cuánto tiempo te queda antes de que los ponentes estén listos para seguir. Si la comida se retrasa y los ponentes deciden tomarse las cosas con calma, tú estás a su lado y sabes perfectamente a qué hora van a retomar la conferencia.

– En ocasiones comes en sitios preciosos y cosas que están muy ricas.

– Es un detalle por parte del cliente y quizás se ofenda si no vamos a comer ahí.

– Algunas conferencias se celebran en lugares perdidos de la mano del señor. En esas zonas donde encontrar un Vips o un bar de bocatas es más o menos tan difícil como que te toque la lotería o que te llame George Clooney para salir a tomar algo.

En contra de la segunda opción:

– A veces la invitación tiene truco, porque en realidad lo que quieren es tener al intérprete en la mesa para poder conversar con uno de los ponentes extranjeros. Si ese es el caso, va a dar un poco lo mismo lo que nos sirvan porque no vamos a poder probar bocado. (Hablar con la boca llena está feo, imaginad interpretar mientras comes sopa o un buen filete).

– En otras ocasiones sí que es un invitación “sin truco” pero si te sientan en la mesa con el resto de los ponentes no puedes desconectar. Sigues trabajando aunque no interpretes. Si la jornada es larga esto puede ser algo negativo, porque el cerebro no descansa hasta que no llegas a casa. Parece una tontería pero es algo a tener en cuenta.

La tercera opción: el intérprete no come.

Mi compañero Iván siempre menciona la entrada de Bootheando sobre el tema de las comidas cuando hablamos de esto, os dejo aquí el enlace, es muy interesante y recomiendo su lectura: El intérprete y las comidas.

Yo suelo llevar un kit de supervivencia para todos los posibles casos a los que me pueda enfrentar. El kit incluye siempre algo de chocolate, caramelos, chicles, algo para picar (mini-croissants o barritas), cepillo de dientes, gel para limpiar las manos, agua y pañuelos de papel. De ese modo si veo que la cosa se complica, puedo aprovechar un descanso y comer algo antes de seguir trabajando.

Es verdad que si nos piden que trabajemos durante la comida, es decir, si nos lo solicitan directamente (y antes de la propia comida), lo normal es que no participemos en la mesa como comensales. Nos limitaremos a hacer nuestro trabajo y ya nos ocuparemos de comer antes o después.

El pasado fin de semana me pidieron trabajar durante la comida, ya sabía de antemano lo que debía hacer y en el descanso me compré un bocata de tortilla. Al iniciarse la comida yo coloqué mi silla tal y como manda el protocolo y luego el propio ponente me pidió que me pusiera con la silla justo detrás suyo. Os dejo un dibujo casero para que se vea mas claro.

  El número 1 era uno de los organizadores que necesitaba interpretación, el número 2 era el ponente extranjero y el número 3 se defendía en inglés pero de vez en cuando planteaba dudas de vocabulario. La “I” lógicamente era servidora.

 

La dinámica funcionó bien, aunque los camareros tuvieron que hacer malabarismos por mi culpa. Sin embargo, al ponente le incomodaba mucho que yo no comiera, tuve que asegurarle varias veces que ya había comido y finalmente, a petición suya, me sirvieron postre (delicioso). Lo mejor de todo, otro de los ponentes que se acercó entre plato y plato y me preguntó si estaba ahí esperando hablar con la estrella de la jornada. Le expliqué qué hacía yo ahí y aún así se marchó pensando que yo era una “stalker” un tanto vaga.

Y aparte de estas tres opciones, en los últimos meses me he enfrentado a nuevas variaciones de esta situación y por este motivo he decidido escribir esta entrada.

En un curso de interpretación la profesora dijo que los intérpretes siempre estamos delgados. Asumo que quería motivar a los alumnos, lo que no les explicó fue el motivo de esa “supuesta” delgadez. Las cosas como son, no todos estamos como Kate Moss, cada uno es un mundo. Pero si se extiende la cuarta opción de la que os voy a hablar es más que probable que esa frase empiece a ser una verdad.

La cuarta opción: el intérprete realmente no come.

Esto me ha pasado ya en algunas ocasiones este año. Se trata de interpretar en reuniones de negocios que se convocan a mediodía. No pasaría nada si dichas reuniones terminasen sobre las tres. Comes más tarde de lo habitual pero bueno, un día es un día. Sin embargo, me he enfrentado a casos en los que la interpretación arranca a las doce y termina sobre las cinco o seis de la tarde. Esto, sin descansos y sin comer. Comprendo que algunas de estas reuniones tienen como objetivo aprovechar el tiempo al máximo pero la calidad de la interpretación se resiente. No mantienes la misma concentración cuando tienes hambre (y te suenan las tripas).

Si tenéis anécdotas interesantes o variaciones de estas opciones, ya sabéis que la sección de comentarios y respuestas está pensada para que aportéis vuestras experiencias.

 

 

 

Published by

Aida

Soy una traductora e intérprete de conferencias desde hace más de once años, trabajo principalmente en Madrid para agencias y clientes diversos.

14 thoughts on “Comer o no comer y dónde: esa sí que es la cuestión

  1. Aída, llevo un tiempo leyendo tu blog y debo decir que me gusta mucho. Esta entrada en particular me ha dado ánimos porque trabajar sin comer ya es lo suficientemente duro (al menos para mí, habrá quienes lo soporten mejor), pero si encima tienes que mantener la compostura y ahogar el ruido del estómago, la cosa degenera.

    Hace poco estuve en una interpretación para la que me tuve que desplazar unas 3 horas. Tenía planeado llegar un par de horas antes de la interpretación y dado que empezaba a las 3, tendría tiempo de comer. Al final adelantaron el evento y no tuve tiempo de comer, fue llegar y entrar en cabina. Hubo una pausa de 10 min en la que me pude tomar un café y alguna galleta. La interpretación acabó más tarde de lo previsto y de allí tuvimos que ir a la cena, a la que nos habían cordialmente invitado, pero ya me temí que había algo más y, cierto, antes de cenar hubo una sesión de explicaciones que se tuvieron que interpretar. Al día siguiente ocurrió lo mismo. Mi solución: dado que no teníamos sitios atribuidos, nos sentamos en una mesa con el técnico de sonido y disfrutamos de la comida 🙂

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    1. Sí, la opción de sentarse con el técnico es la mejor. Al menos comes en calma.
      Comprendo que para los organizadores es un día o un par de días de esfuerzo adicional pero para nosotros es el pan nuestro de cada día y no podemos pasar hambre por norma.

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  2. ¡Que buena entrada Aida! El tema de las comidas es otra de las peculiaridades con las que lidiar… Me ha hecho mucha gracia que no soy el único con kit de supervivencia, aunque el mío es más espartano: agua (imprescindible), chicles y barras de pipas (me llenan más las galletas y son más sencillas de comer que un bocadillo).

    También me ha pasado en alguna ocasión de “caer en la trampa” de aceptar la comida con los ponentes y el cliente y sí, en una ocasión no me pidieron que interpretara pero lo esperaban con lo que me quedé con las ganas de probar todos los platos que desfilaban delante mío ya que me pasé todo el rato trabajando… 😥

    ¡Saludetes!

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    1. Yo el otro día veía la carne con cariño. El bocata estaba bueno pero es que esos filetes me llamaban con afecto. El postre estaba de muerte, helado con chocolate caliente y mermelada de frutos del bosque, una pasada. Menos mal que me dieron un plato.

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  3. Yo la comida más surrealista que recuerdo fue una en la que se pusieron a contar chistes. Contenían muchas referencias culturales, por supuesto, con lo que traducirlos era un infierno. Y los ponentes no dejaban de insistirme para que comiese (pero a la vez querían que intepretase, claro). Por otro lado, el camarero se insinuaba, con lo que había que hacer malabarismos para prestar atención a todo… Pero salió bastante bien. 😛

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    1. Qué bueno, lo del camarero ligón aún no me ha pasado. Será que pongo cara de hambre de un modo que espanta.
      Sí, siempre te animan y te dicen que comas pero no paran de hablar con lo que es imposible comer e interpretar.

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  4. Un servidor tuvo una experiencia similar (a la segunda opción) con la empresa que gestionaba el Parque de Atracciones del Tibidabo en aquél entonces.

    Error N.º 1:
    Me contrataron para las cuatro horas matutinas de rigor, por lo que no llevé a otro intérprete acompañante.

    Error N.º 2:
    El tema versaba sobre la venta de un carrito para la preparación de salchichas de Frankfurt y similares, por lo que pensé que el tema no podía dar mucho de sí. Así que lo preparé un poco y listos.

    Error N.º 3:
    Admitir que me invitasen a comer. Seguí haciendo de intérprete, sin cobrar esas horas. Y, encima, no tuve tiempo de probar bocado.

    Error N.º 4:
    Tras una breve pausa de diez minutos después de la comida, me preguntaron si podía quedarme por la tarde para terminar las negociaciones, a lo cual accedí, pensando que no tardarían mucho., ya que le grueso de las conversaciones se había hecho por la mañana.

    Resultado: diez horas de simultánea seguidas, sin haber probado bocado, con el consecuente cabreo. No os imagináis el jugo que los ingenieros alemanes pueden sacarle a un simple carrito para salchichas de Frankfurt: que sí la forma (salieron todos los polígonos y formas redondas posibles e imaginables, a excepción del pentakis-myriohexakisquilioletra-cosiohexa-contapentagonalis, que si el color (pasaron toda la gama de pantones y algunos más), que si la alimentación eléctrica (ya ni me acuerdo, ni pretendo acordarme de todos los modos de alimentación eléctrica que desfilaron), que si la forma de bajarlo a un segundo nivel (pasaron también un buen montón de modelos de mini-grúas, junto con sus características y posibilidades). En resumen, fue la interpretación más dura que he hecho en mi vida. El colmo fue ya cuando se sacaron del bolsillo un vídeo para mostrar cada modelo, así como todas sus características y suerte tuve de tres cosas:

    1º) no encontraron un adaptador de enchufe adecuado durante bastante tiempo… 🙂

    2º) tuvieron la deferencia de permitirme hacer consecutiva, en lugar de simultánea, parando el vídeo que iba «a velocidad supersónica», o estaba tan agotado que así me lo pareció.

    3º) eso sí, cobre por una jornada de diez horas de interpretación simultánea, lo que era en aquel tiempo el salario medio mensual de un trabajador (ya hace también unos cuantos años de eso…).

    Pero, luego, necesite un mes de descanso en un sanatorio mental en los Alpes suizos. Así que, fue lo comido por lo servido

    Así que, ya sabéis:

    a) tened siempre a algún colega preparado y avisado (por si las flies)

    b) preparad el tema a fondo (aunque penséis que va a ser fácil)

    c) no aceptéis nunca invitaciones a comer y mucho menos si no son retribuidas; necesitaréis vuestro descanso, a menos que no os importe «acabar mal de la olla»…

    PD: ¿se nota que era novato? 🙂

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  5. Genial, gracias por la respuesta.
    Todos hemos caído de novatos en una de estas. Yo hice 5 horas de cabina sola sobre mi tema favorito, arte. Pero nadie me avisó de la total ausencia de descansos y claro, cinco horas en cabina, sin compañero, sin poder beber ni ir al baño, fue una tortura. El tema lo controlaba pero hacia el final ya me daba igual si el formato era tal y cual, yo lo que quería era comer algo. Al salir lo primero que hice fue correr hacia los aseos (que encima suelen llenarse).

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  6. A mí me pasó algo parecido en mi primera interpretación, pero de enlace, que no es tan sufrida, aunque también cansa.
    Vino un empresario armenio (rusoparlante) a visitar una fábrica de Valencia de maquinas empaquetadoras.
    Según me dijeron sería sólo la mañana: ver la fábrica y visitar el consulado armenio.
    ¡Ilusa de mí! Me llevaron a Valencia, visitamos la fábrica, el consulado, un concesionario de coches y ¡tachán! ¡te invitamos a comer! Y claro, como el hombre no hablaba español, ni inglés, y los españoles tampoco hablaban ningún otro idioma, me tocó quedarme.
    Evidentemente a lo largo de la comida se sucedieron conversaciones varias, y los platos iban pasando.
    Cuando trajeron el segundo plato, toda la mesa exclamó: ¡¿Pero tú por qué no comes?! ¡Cómo voy a comer si tengo que interpretar!
    Finalmente decidieron darme un respiro, para que probase la lubina a la sal (¡qué buena estaba!) y luego siguieron con sus conversaciones.
    Resumen: me pase todo el día en Valencia, comí un poco ya que se apiadaron de mí y cuando volvimos a Alicante, ¡querían invitarme a cenar! Pero rechacé la oferta ya que mis neuronas estaban muy quemadas.

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    1. Lo malo es que muchas veces desayunar es complicado, porque si estás nervioso antes de empezar a interpretar no tienes hambre. Yo suelo desayunar poco antes de ir a la conferencia y en cuanto empiezo a interpretar, me relajo, veo que todo va bien, pues es entonces cuando me entra un hambre de lobo.
      Si por algo le digo a mis alumnos que los bollos del descanso de media mañana que sirven en las conferencias saben a gloria divina.

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