El padre de dragones y otras traducciones (segunda parte)

¿Os habéis quedado con ganas de saber más sobre la experiencia profesional de Manuel de los Reyes? Tranquilidad, no pasa nada, aquí tenemos otra entrada para disfrutar con la traducción del género fantástico. Si aún no habéis leído la primera parte no sé a qué esperáis pero podéis encontrarla aquí.

 

– Como traductor de literatura, independientemente del género, la editorial juega un papel clave. ¿Qué tal ha sido tu experiencia en líneas generales? ¿Se valora la figura del traductor? ¿Se busca algo concreto en este tipo de libros o cualquier traductor literario puede lanzarse?

Se valora y no se valora, depende. En ese sentido he acumulado experiencias para todos los gustos. En líneas generales, las editoriales siguen considerando que la traducción es un gasto más que una inversión, prejuicio alimentado por la respuesta del grueso de consumidores (no digo ya únicamente «lectores», puesto que aquí lo que priman son los ejemplares vendidos más que los libros leídos), que no suele fijarse en quién ha traducido qué antes de poner el dinero encima de la mesa. Observo desde hace años, no obstante, una mayor tendencia a prestar atención a este aspecto por parte de esos dos colectivos, e incluso los mismos autores extranjeros se preocupan de leer como pueden las reseñas en otros idiomas de sus títulos traducidos y comentan públicamente o en privado lo bien o lo mal que se ha tratado su obra en otros países.

En mi caso (el cual, una vez más, sé que dista de ser representativo de nada), mi trabajo me ha granjeado muchas críticas positivas, no pocos encargos ex profeso y declaraciones de algún que otro autor que preferiría que fuese yo quien se encargarse de verter su obra al español. Por lo demás, cualquiera puede lanzarse a la piscina que le apetezca cuando más rabia le dé, pero el conocimiento previo de los temas que uno va a traducir (y la narrativa de género fantástico se compone de muchos, muchísimos «temas») sin duda va a allanarle el terreno, facilitarle las cosas, agilizar los distintos procesos de documentación, mejorar su productividad y, en definitiva, ahorrarle no pocos quebraderos de cabeza innecesarios.

 

Foto (c) Pilar Ramírez Tello (2)

 

 

– ¿Traductor nocturno o diurno? ¿Té o café para no perder el ánimo? y ¿música clásica, heavy o silencio absoluto para releer lo traducido en voz alta?

Nocturno, pero controlado. Café siempre, hasta que la muerte nos separe. Y la música que no pare nunca, adopte la forma que adopte: bandas sonoras, instrumentales, metal en todas sus formas, stoner rock, grunge, clásica, country, jazz… El silencio, como la procesión, va por dentro.

– Talleres presenciales de verano, cursos online, charlas en Barcelona en inmejorable compañía. ¿Hay interés por este tipo de traducción? ¿Qué tal es la experiencia como docente? ¿Crees que hay espacio en la universidad para tratar estos temas en el grado?

Hay un interés yo diría que inusitado. Hasta no hace mucho se tendía a demonizar el rol, por ejemplo (pertenezco a la generación apedreada a prejuicios por sucesos tan lamentables como los crímenes del «asesino de la katana»); los tebeos eran cosa de críos; las pelis de zombis había que verlas a horas intempestivas, los videojuegos constituían un vicio aceptable como regalo de comunión y poco más, disfrazarse de Batman para asistir a un salón del cómic era algo de lo que no tenía por qué enterarse todo el mundo y menos tu tío Chindasvinto el del pueblo… Cosas así. Ahora todo eso ha cambiado. Pero de forma radical, además.

Por una parte, los jóvenes que se incorporan al mercado laboral lo hacen inmersos en una cultura popular que se nutre de referencias a Death Note, Firefly o Robocop, hecho al que los aspirantes a traductores no son ajenos en absoluto; por otra, en el caso de las editoriales y las productoras de cine y televisión, por mencionar solo dos ejemplos muy representativos, se da la circunstancia de que, desde un punto de vista exclusivamente crematístico, resulta mucho más ventajoso tamizar el río hasta dar con la anhelada pepita del nuevo Harry Potter o la nueva Perdidos que invertir toneladas de dinero para publicitar el nuevo El gran Gatsby o la nueva Canción triste de Hill Street. Asistiremos en la gran pantalla a treinta reboots del origen de Spider-Man y otros tantos remakes de Terminator o Mad Max antes de ver una nueva adaptación de La reina de África o de Sonrisas y lágrimas, eso está claro.

El fantástico tiene un público fiel que mueve dinero (todo el dinero que se pueda mover en estos achuchados y austeros tiempos que corren, al menos), y en las altas esferas lo saben mejor que nadie, como atestigua el hecho fehaciente y fácilmente constatable, a poco que uno se tome la molestia de fijarse con un mínimo de detenimiento en los estantes de su librería predilecta, de que las pequeñas editoriales especializadas que hasta hace tan solo unos años se encargaban de traernos prácticamente todo el material de fantasía, ciencia-ficción y terror extranjero deban competir en desigualdad de condiciones, de un tiempo a esta parte, con el «interés» (en todas las acepciones de la palabra) y el mayor poder adquisitivo de los principales sellos de nuestro país.

Todo lo cual posibilita, asimismo, que grandes compañeras de fatigas como Cristina Macía, Pilar Ramírez Tello o Ana Alcaina, por ejemplo, hayan desfilado en los últimos años por el salón de actos de mi antigua alma mater para hablar a los alumnos de la facultad de TeI de Salamanca de lo que supone traducir títulos tan significativos como Juego de tronos, Los juegos del hambre o Artemis Fowl, respectivamente. Sin olvidar que el penúltimo Premio Nacional de Traducción se lo llevó Carmen Montes Cano por su trabajo en Kallocaína, de Karin Boye, una distopía clásica donde las haya. O que uno de los más recientes ocupantes de un sillón en la RAE sea Miguel Sáenz, traductor de (entre muchísimos otros títulos) La historia interminable. O que… Claro que habría espacio en la universidad para tratar la traducción de género fantástico en profundidad, e interés por parte de muchos alumnos, pero las cosas de palacio van despacio y de momento habremos de conformarnos con cursos, talleres, másteres y demás alternativas extracurriculares.

 

 

– ¿Cuál es el libro que más te ha costado (si puede decirse) o el que ha sido el mayor reto profesional? ¿Qué haces si el libro que traduces no te gusta (como lector)? ¿Es peor o mejor que te guste mucho? ¿Cuál es ese libro que se ha ganado un lugar en lo alto tu top 10? ¿Cuál es el libro que te habría gustado traducir o que te gustaría traducir si aún no se ha publicado? 

Ángeles asesinos, la novela sobre la Guerra de Secesión con la que Michael Shaara ganó el Pulitzer en 1975, supuso para mí un importante desafío estilístico, casi a la altura del barroquísimo ciclo de Viriconium, de M. John Harrison. También Isaac Asimov me ha planteado muchos retos, aunque todo el que me escuche decirlo no pueda por menos de enarcar siquiera una ceja; es lo que tienen las prosas engañosamente sencillas. El chip de aficionado a (apasionado de) la lectura, en cualquier caso, se me desactiva automáticamente cuando estoy trabajando: absolutamente todas las obras que pasan por mis manos reciben el mismo trato, con independencia de las estrellitas que a lo mejor me apeteciera ponerles en Goodreads, por ejemplo. Sí que es cierto que enfrentarse a un texto complicado pero seductor puede facilitar en ocasiones la laboriosa tarea de bregar con él un día tras otro, cual Sísifo con su roca y su pendiente, aunque lo más conveniente, profesionalmente hablando, es aparcar a un lado los gustos personales y embarcarse en cada nuevo encargo con la misma predisposición de neutralidad.

Mi Top 10 particular lo componen varios títulos: La chica mecánica y La bomba número seis, de Paolo Bacigalupi; Visión ciega y Ad astra, de Peter Watts; El don de la oportunidad, de Laird Barron; El ladrón cuántico, de Hannu Rajaniemi; El ciclo de vida de los objetos de software, de Ted Chiang; El rebaño ciego, de John Brunner… Pero si tuviera que nombrar a dos autores en particular con los que me topé durante los primeros compases de mi andadura profesional y que me abrieron mucho los ojos, profesionalmente hablando, estos serían Robin Hobb y Jonathan Carroll. Enumerar los porqués me llevaría demasiado tiempo y ocuparía demasiado espacio, pero es de justicia que quede al menos constancia escrita de ello. Si no los hubiera traducido cuando lo hice, tengo la certeza de que mi carrera no habría sido la misma.

En cuanto a libros que me hubiera gustado traducir, no tengo ni que pensármelo: La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski. Al final llegó a nuestro país con la voz de Javier Calvo, que sin duda ha realizado una inmensa labor ante la cual la mía no habría podido sino palidecer, pero sí que me hubiera gustado mucho verter esa novela, más que un fetiche para mí, a nuestro idioma. Muchísimo. Pero como eso ya no va a poder ser, mal que me pese, me conformaría con que alguna vez cayera en mis manos algún título de Stephen King, pasado, presente o futuro. Así que, si las autoridades competentes están leyendo esto y quieren hacer feliz a este humilde trujamán veterano pero con alma de niño, que sepan que ayudar a los demás a cumplir sus sueños da puntos de karma. Y además a puñados.

 

El traductor y sus libros
                         El traductor y sus libros

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Aida

Soy una traductora e intérprete de conferencias desde hace más de once años, trabajo principalmente en Madrid para agencias y clientes diversos.

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