El fantasma literario

El fantasma es una figura muy socorrida en muchos libros y en las obras de Shakespeare. ¿Qué habría sido de Hamlet sin el fantasma de su padre que vagabundeaba a horas indignas por sitios en los que debía hacer un frío considerable? Probablemente habría sido una obra mucho más insulsa y más parecida a Dawson Crece con todos su conflictos adolescentes. ¿Cómo habría sido posible arrancar el dramón entre generaciones y saltos en el tiempo de Cumbres Borrascosas sin el supuesto fantasma de Catherine saludando desde la ventana? ¿Sería posible Harry Potter sin fantasmas? En los primeros libros eran divertidos pero al mismo tiempo eran más útiles que Wikipedia, gracias a todos los años de secretos que atesoraban.

Tranquilos, no voy a mentar cada fantasma que ha pasado por las páginas de un libro, pero hay muchos y además de esos que sí reciben nombre o cierto protagonismo, hay muchos más, invisibles, pero no por ello menos necesarios: los traductores.

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¿Para cuándo dice que quiere la entrega de los primeros capítulos?

Los lectores más fieles del blog me dirán aquí que esto les suena y no andan desencaminados. Hace ya unos años, tres para ser exactos, publiqué una entrada sobre la presentación de un libro escrito por varios traductores y que intenta explicar el oficio: los traductores fantasmas. Entonces ya hablaba de la traducción utilizando imágenes de Los Cazafantasmas para ilustrarla. Bueno, han pasado tres años y tenemos una nueva película y un nuevo libro entre manos.

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El pasado martes 22 de marzo se presentó en La Central de Madrid el libro El fantasma en el libro de Javier Calvo, publicado por Seix Barral, con un coloquio sobre la traducción literaria que contaba con la presencia del autor (también traductor), Pilar Adón (traductora y editora), Mercedes Cebrían (traductora) y Javier Lucini (traductor y editor).

 

Por si leer toda la entrada os parece demasiado compromiso en plena Semana Santa pero os interesa el tema, os dejo el enlace a la entrevista que le han hecho a Javier Calvo en la radio: El ojo crítico.

Dicho esto, ¿de qué se habló en el coloquio? De muchas cosas. Vamos por partes.

Se trató bastante el tema de las editoriales, no hay que olvidar que entre los presentes había dos traductores que también son editores. Se mencionó la relación entre escritor-traductor-editor. De lo necesario que es dejar de mirarse el ombligo y aprender sobre el resto de pasos del proceso que es sacar un libro al mercado. Se aprende sobre la distribución, el papel de los libreros, las cifras (siempre importantes) y cómo los posicionamientos justifican cada actuación.

Uno de los fenómenos editoriales más relevantes en opinión de algunos de los presentes era la proliferación en los últimos años de nuevas editoriales, más pequeñas, más independientes y sobre todo, más arriesgadas. Pilar Adón nos habló de Impedimenta. Que es una editorial que cuida mucho a sus traductores, hasta el punto de que se incluye una pequeña biografía de los mismos en el propio libro tras las del escritor. Esto despertó un debate sobre si eso era o no realmente necesario. Primero por la necesidad de mantener al traductor como un fantasma invisible, que no altere con su voz la del autor, y en segundo lugar, por un motivo mucho más práctico. Si incluyes la biografía del escritor y del traductor, ¿qué pasa con la del corrector/editor/maquetador/ilustrador/revisor, etc.? ¿Acaso no son ellos también padres o al menos comadronas durante el parto de la criatura? Pero si metemos todas las biografías, la cosa se nos podría ir de las manos y parecer las etiquetas de la ropa de Zara o los interminables créditos de Blade Runner. Claro que visto lo visto, si la cosa va de ahorrar páginas y espacio, acabamos en la preocupante tendencia en la que las obras ni siquiera mentan a sus traductores y sus nombres se pierden en el olvido.

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Traductores que se pierden en el tiempo

 

Desde luego si uno consulta la web de Impedimenta (enlace en el párrafo anterior), verá que el nombre del traductor figura en la ficha del libro de una manera visible y adecuada.

Pilar también comentó que en los grandes grupos todo lo que se hace en torno al lanzamiento de un libro está enfocado a la venta y que las nuevas editoriales, que también quieren vivir de su trabajo (lógicamente), se permiten tener catálogos más cuidados, en el sentido que el editor puede permitirse un catálogo poblado por autores que realmente le gustan. Algunas veces estas son misiones suicidas si sus gustos no coinciden con los del público.

También se habló de las nuevas traducciones de los grandes clásicos. ¿Es realmente necesario volver a traducir Ana Karénina (1877) si ya está traducida desde hace años? Aparentemente sí. Nos contó la anécdota sobre una escena en el libro en el que los personajes toman un aperitivo con caviar y vodka que curiosamente no figura en la traducción española original, quizás porque la idea de un aperitivo antes de la cena no encajaba con la cultura local de ese tiempo, quizás porque la adaptación más lógica habría sido decir que se tomaron unas tapas antes de cenar (cosa que habría rechinado de mala manera) o quizás todo se debía a que el anterior traductor se la había merendado sin compasión. Porque hay que tener en cuenta que en esa época muchas de las traducciones que nos llegaron del ruso eran más un ejercicio de relé en traducción que otra cosa. Para los que evitan las entradas sobre interpretación en el blog, el relé es cuando no puedes interpretar directamente de sala porque desconoces el idioma y tienes que utilizar el audio de otra de las cabinas para poder volcar el mensaje a tu lengua de trabajo o como la define el SCIC:

Interpretación de un idioma a otro a través de un tercero

Pues lo mismo pasó a la hora de traducir las novelas rusas, que en muchos casos se traducían usando las traducciones de otros al francés o inglés. Peor era el caso de las obras en lenguas como el polaco, que podían pasar por el francés y de ahí al inglés antes de ser traducidas al español. Vamos, un teléfono escacharrado decimonónico.

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¿Cómo es eso de que no hay caviar y vodka?

En otras ocasiones las omisiones en las traducciones se debían a elecciones propias y absolutamente subjetivas del traductor. No existía el mismo sistema de controles que hay hoy en día y además el conocimiento de lenguas extranjeras en general era bastante más bajo, por lo que muchas veces los editores no tenían herramientas a su disposición para confirmar si estaba todo en orden y en algunos casos, eran los propios traductores los que no entendían del todo un giro cultural o lingüístico, no estaban de acuerdo con una idea o sencillamente no sabían cómo resolver un entuerto y elegían la opción de esconder ese párrafo (escena, página y por lo comentado, incluso capítulo) bajo la alfombra.

Tengo una edición de la Divina Comedia que perteneció a mi abuelo, que publica la carta del traductor al inicio y que es una joya a la hora de explicar la situación de la profesión en un pasado no tan lejano:

Mi querido amigo: Después de concluido mi penoso trabajo de interpretar y traducir verso por verso la Comedia de Dante, toda entera, aquí me tienes perplejo sobre su publicación en las presentes circunstancias. Un hombre de mis creencias religiosas y de mis opiniones políticas, naturalmente no ha de querer dar pábulo al espíritu irreligioso y revolucionario de Europa en los días en que tan sañudo se presenta contra el poder temporal del Papa. Pero la explicación del pensamiento del gran Poeta, generalmente mal interpretado por los que no son buenos, ¿puede contribuir a extraviar los espíritus, o, por el contrario, impedirá que se hagan de él citas falsas o equivocadas…

Si crees útil que vea la luz pública, pon a continuación de esta carta e Prólogo que te dicte la conciencia, y vaya todo al impresor.

Javier Calvo comentó que las prácticas de control de calidad y la profesionalización seria de nuestra labor arranca a mediados de la década de los 80 para evitar errores como los antes mencionados.

También se habló de la figura de los escritores-traductores. Si antes hemos dicho que el traductor ha de ser un fantasma (si bien no anónimo), que facilite la transmisión del mensaje sin aportar en exceso el sonido de su propia voz, la cosa se complica cuando es un escritor el que firma la traducción. Por una parte está la defensa lógica: un buen traductor literario (o no literario) tiene que saber redactar en su lengua de llegada y hacerlo bien. Nadie mejor que un buen escritor para eso, pero el ego de un escritor es más complejo que el de un traductor acostumbrado a las sombras. Si alguien ha leído la traducción del Orlando de Virginia Woolf a manos de Borges puede comentar si tiene o no un cierto sabor argentino.

 

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En ese momento se abrió un nuevo debate: Si bien es cierto que ahora los traductores contamos con un mejor nivel en los idiomas de trabajo, tenemos internet con todos sus recursos y viajamos más para empaparnos de las culturas con las que convivimos en los textos, ¿no es cierto que los traductores del pasado fallaban en documentación pero nos daban sopas con ondas en la calidad de la redacción?

Aquí se manifestaron opiniones de todo tipo. Se culpó a la cultura audiovisual y a la influencia del inglés. Se mencionó que también puede deberse a que el material no es tan bueno, es decir, que los propios escritores cada vez redactan peor, por los motivos que sean. Quizás la propia industrialización del proceso de traducción que garantiza los niveles de control ha mecanizado en exceso el oficio, acentuando su parte industrial y aplanando los textos. La literatura siempre se ha alimentado de otros textos y expresiones culturales y como ahora parece que la cultura se hace en inglés o se traduce desde el inglés, su influencia es algo con lo que hay que lidiar en un mundo que tiende a ser demasiado monocromático.

Eso por no hablar de la corrección política que no solo afecta a las cabinas de interpretación o a los discursos oficiales. Muchos traductores se enfrentan a dudas ante ciertos textos. Si dejas lo que está puesto te arriesgas a ofender a parte del público lector pero si tomas la decisión de rebajar insultos o ideas, estás traicionando al autor. Esa eterna tentación de enmendar al autor y sus cojeras que es ahora una carga mucho más pesada de lo que pudiéramos pensar (y vuelvo a la cita del traductor de Dante para ver que las cosas cambian tanto que a veces damos toda la vuelta y regresamos al mismo punto).

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La sala llena

Como era de esperar, si hablamos de adaptar textos, no se podía pasar por alto el rompecabezas favorito de los traductores literarios: el español neutro. Ese anhelo de todo editor que tiene que vender libros a los dos lados del charco y que pide algo que es más un unicornio que un fantasma.

Javier aquí entró en detalles y me temo que si me extiendo más esta entrada va a ser peor que la tradición de ver Lo que el viento se llevo en Semana Santa (que empiezas el jueves y el domingo con un poco de suerte logras levantarte del sofá). Pero lo que me pareció super curioso y desconocía fue una de las cosas que dijo sobre este problema. Se habla mucho sobre este “español neutro”, porque los libros que suenan muy españoles molestan a algunos lectores en países latinoaméricanos, acostumbrados a las traducciones realizadas en Argentina o México (principalmente) y lo mismo pasa en la otra dirección (aunque las quejas las he visto más en doblaje y subtitulado). La pregunta ante esto era de esperar, ¿pasa lo mismo con el inglés? ¿Se piden traducciones de inglés neutro? Tengamos en cuenta la cantidad de países diferentes y muy separados geográficamente que usan la lengua de Shakespeare como idioma oficial. Javier Calvo nos explicó que en este caso los angosajones son mucho más prácticos y cuentan con un paso intermedio. Es decir, que un libro traducido por un inglés que se vaya a publicar en Estados Unidos pasará antes por un intermediario que adaptará el texto al inglés americano y viceversa. Bromeó diciendo que siempre se imagina a ese paso intermedio con su ordenador flotando por encima del Atlántico.

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Por supuesto se preguntó por tarifas y estuvimos a punto de entrar en lo que Javier denominó el “bucle infinito” en el que entramos todos los traductores-intérpretes cuando nos encontramos con otros compañeros. Se preguntó por G++gle Translate (no hace falta que añada la respuesta) y se habló mucho de literatura, traductores y del amor por este oficio. Si os habéis quedado con ganas de más, ya sabéis, toca darse un paseo a la librería más cercana.

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Traductores, traductores por todas partes

 

 

 

 

 

 

Published by

Aida

Soy una traductora e intérprete de conferencias desde hace más de once años, trabajo principalmente en Madrid para agencias y clientes diversos.

2 thoughts on “El fantasma literario

    1. Muy recomendable para traductores literarios, traductores en general, estudiantes y para amantes de la literatura. Una de las cosas que quedó clara es que los traductores literarios son devoradores de libros y saben un mundo de literatura. Un verdadero placer escucharles.

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