No me llames Dolores, llámame Lola, perdón, quería decir intérprete

Hay poder en los nombres. Andrea Brocanelli lo recordaba el otro día en Facebook y para eso los mitos nórdicos son muy ilustrativos. A Odín se le han llegado a adjudicar hasta 200 nombres, ahí es nada. El Padre de todos o dios cuervo tenía tantos nombres como algunos coleccionan posavasos de bares porque consideraba que si alguien los conocía todos, tendría poder sobre él. Las fantásticas novelas de Joanne Harris sobre la mitología escandinava aprovechan este detalle constantemente.
Hubo una época en la que me indignaba cada vez que me llamaban traductora u opciones más originales en lugar de intérprete. Echando la vista atrás, en la última década me han llamado todas las versiones de “traductora” existentes: traductora oral, traductora que habla, traductora inmediata, traductora simultánea, traductora rápida y hubo una vez en la que me preguntaron si yo podía traducir antes de que el ponente hablase o si lo hacía en diferido (lo primero habría tenido su mérito).

 

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Tranquilidad, me comentan que el compañero Sentamans sigue vivo y traduciendo

 

Con el tiempo dejé de darle importancia, porque las verdaderas batallas que me preocupan son las condiciones de trabajo y las tarifas. Cuando llevas unas cuantas cabinas y consecutivas llegas a la conclusión de que eso da igual si cumplen con lo acordado en la fase previa. ¿Cuántas veces hemos llegado a un hotel o sala de conferencias y nos hemos encontrado con que la información que nos habían pasado era un sueño de Resines? Simultáneas sin cabina para una sala de 100 personas en las que esperan que interpretes sola al mismo tiempo que habla el ponente y que no subas mucho la voz que a los del fondo les molesta, ¿micrófono? ¿Para qué quieres eso? ¿No sabes impostar la voz? Que te quedas con las ganas de darte con un poste más bien para acabar con tu sufrimiento. Por no entrar en los temas ya mencionados en la entrada sobre “uberización” como lo de querer descontar el tiempo de los descansos de café o pensar que las jornadas de 12 horas seguidas son perfectamente normales.

Negociar las condiciones, explicar el motivo por el que pedimos lo que pedimos siempre me ha parecido una batalla necesaria y cuyo final aún no está cerca. Pero, después de darte muchas veces con paredes, muros y puertas, una empieza a preguntarse ¿Qué es lo falla? ¿Por qué cuando pido el material pasan de mi correo? ¿Piensan que voy a vender el power point de 50 diapositivas con letras blancas en Times New Roman 8 sobre fondo gris a las potencias extranjeras?

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No veo un pimiento de lo pequeña que es la letra, pero esta presentación la vendo y saco para pipas

En el fondo creo que el principal problema al que nos enfrentamos es la falta de comunicación eficaz. Soy consciente de que esta no es más que mi opinión personal, pero tengo la sensación de que muchas veces la pelea por las tarifas, por una cabina desde la que pueda ver al ponente o el recibir el material para estudiar se deben a que el cliente que nos contrata no sabe qué se necesita para que el servicio funcione. No digo que la culpa sea del cliente, ni mucho menos. Cuando contratas el servicio de un fontanero no tienes ni idea de tuberías y después de pagarle sigues sin tener ni idea, para eso le contratas, pero haces un esfuerzo por no molestar y por aprender si te comenta algo. No es tarea del cliente aprender previamente lo que necesita un intérprete, pero sí podemos ir explicando de forma correcta y profesional cuáles son los requisitos mínimos para que salga adelante un proyecto con calidad, el motivo por el que pedimos las cosas y debemos intentar ser mejores a la hora de comunicarnos. Podemos evitar los malos entendidos y ser flexibles sin caer en malos hábitos que luego va a tener que sufrir el siguiente compañero al que contrate ese cliente.

Se nota cuando un organizador de eventos ha trabajado antes con intérpretes que han hecho bien su trabajo. Si el cliente recibe calidad, valora el servicio y entiende la tarifa. La mejor manera de explicar lo que costamos es ofrecer un servicio que lo valga. Cuesta menos pagar las cosas si consideramos que vamos a obtener algo bueno a cambio. En una ocasión un cliente nos comentó que nuestro presupuesto no era el más barato pero que era un evento demasiado importante como para dejarlo al azar y que prefería pagar más pero estar tranquilo. Aprovechó para preguntar un montón de dudas sobre el material: ¿Qué mando? ¿Cuándo lo mando? ¿Pongo fecha límite a los ponentes para que pasen las presentaciones? Este es un excelente modo de ver las opiniones de las dos partes y llegar a puntos de entendimiento. No es fácil, no siempre es posible, pero debemos intentarlo.

 

Sin embargo, los clientes no son los únicos que debe saber lo que hacemos, porque igual que podemos trabajar con cualquier tema, todo el mundo es un cliente potencial. Si uno sabe los beneficios que conlleva contratar a un intérprete profesional y la dificultad de la tarea en cuestión, no pensará en que esa reunión con los futuros clientes de Australia en la que se decidirá el futuro de su proyecto la puede “traducir” ese compañero que fue a Londres el verano pasado y se entendía de lujo con todo el mundo.

Todos los años por estas fechas hago jornadas enteras de consecutiva y hay momentos que nunca fallan:

  • Alguien me manda callar en una sala de exposición por interpretar en susurrada mientras habla el comisario.
  • Alguien interrumpe mi consecutiva porque necesita que me mueva para hacer mejor la foto, me echa la bronca por estar en medio cuando quiere pasar o apoya el micrófono/cámara/móvil en mi hombro para no cansarse (ha pasado más de una vez)
  • Alguien con la mejor de las intenciones se acerca al terminar la presentación para felicitarme por mi trabajo, me pregunta por las notas, se asombra de la memoria que se necesita para hacer una consecutiva y termina por preguntarme a qué me dedico.  La persona en cuestión suele sorprenderse cuando respondo que a ser intérprete y en algunas ocasiones se ha lanzado a preguntar si me pagan por eso.

 

El día que quede más claro qué es un intérprete, qué necesita para hacer su trabajo, qué se esconde en el nombre, quizás sea todo un poco más fácil. Que me llamen traductora cuando pregunto por la cabina no me ofende, me enorgullezco de serlo, pero quizás indica que hay una falta de información de fondo que no nos beneficia y que está en nuestras manos remediar.

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Hasta Julieta se preguntaba cuál era la importancia de un nombre, pero si uno estudia los nombres de la obra, muchos tienen un significado que encaja con la trama, por lo que no fueron elegidos sin motivo.

 

Ayer la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó una resolución que reconoce el papel que juegan los profesionales de nuestro sector a la hora de ayudar a las naciones a establecer vínculos de entendimiento y declaró el 30 de septiembre como el día internacional de la traducción. Un pequeño paso para la ONU pero un paso en la buena dirección para el sector.

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Nota: Gracias a @jsentamans_  por la foto.

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Aida

Soy una traductora e intérprete de conferencias desde hace más de once años, trabajo principalmente en Madrid para agencias y clientes diversos.

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