La chica del norte y la comunicación

¿Os acordáis del revuelo que se formó cuando le concedieron el Nobel de literatura a Bob Dylan? ¿Se puede considerar que las letras de las canciones son poemas? ¿Cuántas vidas han tenido que acompañar y cambiar para que así sea? ¿Se mide por “likes” en redes sociales? ¿La clave de este premio es que se venden más libros después de concederlo? ¿Se han vendido más discos de Dylan?

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Mientras tanto él se ha mantenido al margen

A pesar de que a veces da la impresión de que el frenético mundo moderno piensa menos en el arte que algunos gobiernos en el cambio climático, lo cierto es que en cuanto se acaba el calor del verano y tocan los anuncios de los premios Nobel dos son los que se llevan la mayor parte del interés. Los países se enorgullecen de los premios a las ciencias, pero no nos engañemos, la verdadera polémica tiene nombre de Nobel de la paz y de literatura.

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Alfredo estaba más nervioso que Murakami por ver si Dylan venía a recoger el premio
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En cabina estábamos esperando que viniera a pesar de todo lo dicho, pero Patti Smith cantando una de sus canciones compensó la decepción de no poder interpretarle.

Polémicas aparte, si algo dejó claro el 2016 es que las letras de las canciones también son un medio de comunicación, transmiten un mensaje y si son buenas, nos narrarán una historia. Puede que nos gusten o no, pero su valor no disminuirá por culpa de nuestras preferencias personales.

Cuando vi anunciada la obra Girl from the North Country en el teatro Old Vic de Londres pensé que se estaban aprovechando del Nobel de Dylan para vender entradas, no me molesté en ir más allá y entender que es algo más que un homenaje, es una adaptación y como tal una respuesta a las preguntas que se plantearon a raiz del premio y que he resumido con más o menos maña al inicio de esta entrada. No nos extraña si una obra teatral se representa, si una obra se lleva al cine o a la televisión, nos parece de lo más normal si una novela o una película se adapta al escenario, o si un anuncio bebe de la riqueza de las palabras de Shakespeare.

Todo sigue igual incluso si se aprovecha toda la discografía de un grupo para hacer un musical. Pero, ¿Qué pasa si en lugar de venderlo como un musical te dicen que es una obra de teatro en la que se intercala música en vivo? Claro que los puristas pueden decir aquí que esa es precisamente la definición de un musical, pero una vez que lo vives entiendes que hay una sutil diferencia, muy sutil, pero que no es lo mismo.

 

 

 

 

 

La obra Girl from the North Country que aún se representa en Londres es una obra difícil de clasificar: en parte drama familiar clásico, que toca temas como la incapacidad de comunicarse entre generaciones dentro de una familia en la que todos se quieren pero nadie realmente se molesta en conectar con palabras. La incomprensión entre personas que comparten el mismo techo y que no son familia, las conexiones inexplicables entre desconocidos y las separaciones absurdas entre aquellos que deberían estar juntos porque se quieren pero no se permiten el lujo de decirlo. En fin, el drama de toda la vida basado en silencios no necesarios, en palabras lanzadas sin pensar y en los malos entendidos eternos que nadie resuelve al final.

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Padre e hijo y una herencia de cosas importantes no dichas

Hasta ahí nada nuevo, aunque cabe destacar la excelente actuación de todo el reparto. Sin embargo, la magia viene de la mano de la música, con una banda en directo sobre el escenario (pero en la parte del fondo), con actores que además de tener un peso dramático, son capaces de cantar de tal forma que se te pone la piel de gallina con la fuerza de las letras/poemas/gritos de Dylan.

 

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Se pasa de las canciones más tristes a las alegres, de la calma a la tormenta como en la vida

 

 

No quiero destripar en exceso la trama pero la hija adoptada del posadero inicia la obra embarazada de un hombre misterioso que no hace acto de aparición sobre el escenario. En un momento ella canta a ese amor huído y creo que resume muy bien el ambiente que se respira en esa sala durante toda la representación.  A veces se necesita algo más que la palabra escrita para comunicarse:

 

La canción que da título a la obra nos habla de una mujer que una vez fue su amor verdadero. Escrita por Dylan en 1963 y grabada una segunda vez a duo con Johnny Cash, fue compuesta después del primer viaje del artista a Inglaterra, cuando fue en busca de su amor, a la que hacía en la pérfida Albión, cuando en realidad ya estaba de vuelta en Estados Unidos. Claramente otro fallo de comunicación.

Bueno, si vas a viajar a la feria del nórdico país,
Donde los vientos azotan la frontera,
Dale recuerdos a alguien que vive allí.
Ella una vez fue mi amor verdadero.

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¿Cuál de las dos mujeres de la familia es la chica del país del norte? ¿La hija abandonada o la madre con demencia que quería ser libre pero no puede escapar de la trampa de la mente? Shirley Henderson borda el personaje de la madre, que es quizás el más complejo, primeros signos de demencia senil, momentos de lucidez acompañados de juegos infantiles y un sufrimiento que no logra expresar en palabras. Los afilados dardos emponzoñados de verdad que lanza cuando nadie se lo espera. Es el personaje del tonto o loco de Shakespeare, la voz de la razón en la obra y al final la que arropa al personaje principal y sobre todo al espectador con un breve resumen que nos da las claves que se nos han escapado, la que menos debería, es la que ayuda a que público y escena se entiendan. No toda comunicación tiene que seguir los canales a los que estamos acostumbrados, lo único que importa es que sea eficaz.

 

No soy fan de Dylan pero como iba a viajar al norte me pareció una obra adecuada y me encanta sentarme a comer helado en el descanso de la obra en el teatro. Pequeños placeres antes de ponerme a trabajar en una cabina en el norte para mejorar mi capacidad de comunicar las palabras de otros.

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Aida

Soy una traductora e intérprete de conferencias desde hace más de once años, trabajo principalmente en Madrid para agencias y clientes diversos.

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