¿Corremos el riesgo de ser uberizados?

Uberización: 

  • Por representar un símbolo de un nuevo modelo económico, el nombre de la firma Uber se prestó para crear esta expresión. Esta expresión se usa para definir los nuevos modelos de negocios en los cuales particulares pueden efectuar transacciones económicas vía plataformas accesibles desde aplicaciones que se encuentran en sus celulares inteligentes o en sus computadores. Además de Uber, los últimos años han experimentado una explosión de oferta de plataformas que van desde el alojamiento con AirBnB hasta plataformas de intermediación financiera, otras dedicadas a los servicios domésticos, a los servicios jurídicos, etc. [¿Qué significa la “uberización” de la economía? – Foco Económico]

 

Hemos leído noticias sobre Uber y la uberización de ciertos servicios, aunque cada vez se habla más de la posibilidad de contratar servicios a través de aplicaciones, de sitios web, en los que nada más entrar planteas lo que necesitas, te aparece un presupuesto en cuestión de segundos y se te asigna un “profesional” anónimo que prestará dicho servicio en el momento que se necesite y sin dar una sola pega, siendo al mismo tiempo amable y agradable. Hasta ahí todo es de color de rosa pero, ¿es oro todo lo que reluce en la “uberización” de servicios? ¿Se van a uberizar los servicios de traducción e interpretación?

De forma imparable, aunque las actividades económicas tradicionales se resistan, se está produciendo una drástica transformación en la mayoría de los sectores que acabará con lo que hoy conocemos. La banca, las eléctricas y otras industrias están llamadas a transformarse con rapidez o a desaparecer. No importa lo grandes y potentes que sean, o se transforman, o antes de que se den cuenta estarán en la puerta de salida. – Eduardo Olier en El Economista.es

Esta fue una de las preguntas que nos planteó ayer en Madrid Henry Liu, el presidente de la FIT, la Federación Internacional de Traductores, en el encuentro de asociaciones de la Red Vértice organizado por Asetrad en su flamante nueva sede.

No es la primera vez que se escuchan los gritos de pavor de la multitud del sector:

  • Las máquinas van a quitarnos el trabajo.
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Me encanta el olor a traductor chamuscado antes del amanecer
  • La uberización va a hacer que se desplomen las tarifas.
  • El intrusismo, el intrusismo (perdón, es marzo y este grito suele sonar más fuerte en temporada baja).
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Corred insensatos

Volviendo al tema que nos atañe hoy, ¿son las máquinas el final de la profesión? ¿Son el malo de la película ellas solitas? ¿Tienen secuaces? Quizás nos estamos equivocando y en realidad son el Clark Kent que aún no sabemos que puede salvarnos.

Lo que sí tenemos que aceptar es que están aquí, la tecnología ya no es algo nuevo y el hecho de que los consumidores quieren una homogeneidad en el modo en el que contratan servicios también. Se ha hablado mucho del efecto Ryanair y los productos “low-cost” y a eso ahora tenemos que añadir la urgencia de una sociedad que exige servicios las 24 horas, los siete días de la semana y los 365 días del año.

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La idea es buena y la tecnología lo permite, pero ¿qué significa para nosotros?

En lugar de decir sencillamente que NO, no quiero saber nada de eso o SÍ, es el futuro, aprovechemos las oportunidades que ofrece, tendríamos que plantearnos algunas preguntas.

¿Qué supone uberizar el servicio de traducción e interpretación? En traducción ya llevamos tiempo viendo agencias que lanzan aplicaciones que ofrecen básicamente ese servicio a los interesados. ¿Qué quiere traducir? ¿Para cuándo lo quiere? Esto es lo que cuesta. Para poder ofrecer esto tienen que contar con una base de datos de traductores que permita sacar el trabajo independientemente de la hora y además necesitas unos precios muy competitivos. La gente que opta por contratar traducciones de este modo quiere rapidez y que salga lo más barato posible. ¿Dónde queda aquí la calidad? ¿Es siquiera parte de la ecuación?

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Nadie contrata un traductor para conocer gente guay, pero si puede optar por un servicio uberizado de traducción para ahorrar tiempo y dinero.

Si somos sinceros, todos hemos tenido clientes que necesitan la traducción para ayer y que te saltan sin el más mínimo atisbo de vergüenza que tampoco la quieren perfecta, “con entender un poco lo que dice me vale”. Ahí te plantean un conflicto profesional serio. ¿Sabemos hacer las traducciones personalizando el nivel de calidad en: mal pero no se nota mucho / medio bien / pasable / excelente / si Hemingway levantara la cabeza me invitaría a una copa? ¿Nos interesa incluir la moda de la personalización o “customizar” nuestro trabajo hasta ese punto? ¿Es rentable hacerlo? 

Muchas preguntas, pero es necesario planteárselas en un mercado en el que tienes dos opciones: trabajar a destajo con tarifas bajas o ofrecer un nivel de calidad acorde a las tarifas que planteas. Si vamos más allá, la siguiente pregunta es: ¿Qué es lo que entendemos por calidad? ¿Es lo mismo que lo que entienden los clientes que nos contratan?

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Una cosa está clara, si prometes un servicio de calidad, lo tienes que dar.

La calidad no puede ser una promesa vacía que usemos para defender nuestras tarifas y que luego se quede en nada.  Si quiero cobrar tarifas altas tengo que diferenciarme del resto siendo bueno en lo que hago, esforzándome más en la preparación de los proyectos, formándome cada poco para mantenerme actualizado y seguir ofreciendo valor añadido a los clientes. Tampoco nos vendría mal escuchar más a los clientes, descubrir qué necesitan y de qué se quejan de servicios previos que han tenido.

Esa teoría es buena y ciertamente funciona pero, ¿qué hacer cuándo el cliente prefiere algo barato incluso si no es tan bueno?

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Existen distintos tipos de clientes igual que hay distintos tipos de servicios de traducción

El cliente debería conocer más el servicio, para saber así qué tipo de traductor o intérprete está contratando y qué calidad es la que puede esperar. No es lo mismo un traductor literario que traduce todas las novelas de un autor, un traductor autónomo que quiere ganarse a ese cliente, uno que trabaja para la agencia X y no tiene clientes asignados fijos, un traductor en plantilla que trabaja solo para una empresa, una agencia que mima a sus traductores por ser valiosos activos o un aplicación de móvil que te promete la traducción de 10.000 palabras en dos días.

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¿Quién traduce o interpreta tus contenidos?

La autoría, el que se sepa quién hace qué, es uno de los temas más complicados de nuestro sector. Quizás en la traducción editorial o literaria las cosas sean algo más fáciles (tampoco tanto, consultad la campaña Acredítame – Cita al traductor para ver de qué hablo). Pero en otros campos, por ejemplo el de la interpretación, la cosa es mucho más compleja. Durante años nos hemos enorgullecido de ser invisibles, si no se nota la presencia del intérprete es que estamos haciendo bien nuestro trabajo de facilitar la comunicación (cierto), pero esta invisibilidad nos perjudica a la hora de poder vender nuestros servicios. La clave es encontrar un modo de mantener la confidencialidad que piden muchos clientes y nuestra capacidad para vender nuestra experiencia profesional. Parece fácil y a veces no lo es tanto. Henry Liu comentó aquí el caso de una delegación china que visitó Nueva Zelanda (su país de origen) con unas 800 personas en total, de las que 9 eran intérpretes. Tenían un intérprete para las ruedas de prensa, otro para la negociaciones, etc. Nuevamente, la idea no es mala, si te juegas millones y necesitas que tu mensaje llegue tal y como tú quieres, ¿por qué no invertir en conocer los activos que te pueden dar los mejores resultados dependiendo de la situación? No hay un intérprete que sea bueno en todo, pero todos sabemos en qué somos mejores y dónde realmente destacamos. ¿Por qué no aprovechar eso? Aquí, Natalia González de AICE, Asociación de Intérpretes de Conferencia de España, apuntó con acierto que uno de nuestro principales fallos a la hora de ofrecer nuestros servicios es saber vendernos. No hablamos aquí de los colores que tenemos que elegir como fondo de la web, ni del grosor de las tarjetas de visita, sino de nuestra capacidad para expresar de forma clara, profesional y atractiva en qué somos realmente buenos, en qué somos mejores que otros que ofrecen el mismo precio o tarifas más bajas.

Las máquinas nos dan mucho miedo, no es nada nuevo: Google Translate nos va a quitar el trabajo, los nuevos auriculares que interpretan mientras caminan nos van a quitar el trabajo y encima son bonitos. Todos tenemos un familiar angustiado que nos manda artículos al WhatsApp con estos inventos que nos dejarán viviendo bajo un puente.

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Bonitos son

Llevamos años escuchando esto, quizás sea hora de ver lo que ha pasado en ese período.

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En 2014 ya hablaban de este tema en el congreso de la FIT

La traducción automática o MT es una realidad, hay una inundación de datos que requieren traducción, hay comunicados internos, manuales de instrucciones, etc. Henry Liu lo ha comentado: no existe una crisis de material a traducir e interpretar. Ese no es el problema, hoy por hoy se traduce más que nunca antes.

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No se trata de una crisis de palabras, en la actualidad ni siquiera hay una escasez de profesionales preparados (hay quien dice que incluso somos demasiados) pero sí que existe una crisis de percepción del valor de nuestro trabajo que da como una resultado una crisis de tarifas. Si no percibo que contar con un profesional preparado y serio tiene un valor añadido, voy a estar encantado de contratar a alguien por cuatro duros. Lógicamente, las futuras generaciones verán que esta no es una profesión suficientemente rentable y estudiarán otra cosa y en un futuro sí que tendremos una crisis de escasez de traductores e intérpretes que no beneficia al sector.

Ahorrar costes solo pone en peligro la sostenibilidad del sector.

Ahora bien, ese es nuestro trabajo, dejar claro qué hacemos y, para ser expertos en comunicación, se nos da fatal comunicarnos con el mundo exterior, ese que puede convertirse en un cliente potencial. Invertimos mucho en herramientas de software, actualizamos los programas de traducción asistida, intentamos ser cada vez más eficientes, llenamos las cabinas de tabletas, diccionarios electrónicos, cascos con mejor sonido, etc. Todo eso es aprovechar la tecnología para mejorar el servicio y es bueno. Pero en traducción estamos viendo que a veces eso juega en nuestra contra a pesar del tiempo y dinero invertido.

Henry Liu puso un par de ejemplos excelentes para ver lo absurdo que llega a ser:

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Si en las pruebas no me detecta nada nuevo no pago, hay una concordancia del 100% con la radiografía anterior
  • El ejemplo del médico está muy trillado pero vamos a verlo desde el punto de vista de la interpretación. Si eres el intérprete de la rueda de prensa del inicio de las reuniones del G7 o G8  en los últimos años te han tocado los mismo temas: la guerra de Siria, la crisis económica, Grecia, Brexit, el populismo, el calentamiento global. Muy bien, pues cada vez que salga un tema que ya se haya interpretado el intérprete cobra un 10% menos de la tarifa o no lo interpreta. Si nos parece ridículo en un servicio, ¿por qué dejamos que nos impongan ciertas cosas en otro? A ver que la interpretación no se libra de las peticiones desquiciadas. No creo que sea la primera a la que el cliente le quiere descontar (sin éxito) de la tarifa total los 15 minutos de la pausa del café o los 45 minutos de la pausa comida.
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No soy una máquina, no me desenchufo en la pausa café (que además rara vez dura 15 minutos). Ni soy un parking y no cobro por minutos

Nos reímos mucho de las “supuestas” traducciones hechas con programas gratuitos o baratos y las subimos a todas las redes sociales como modo de defensa contra el ataque de las máquinas, pero, ¿estamos seguros de quién ha sido el que ha traducido eso? A ver, en este caso, ¿quién ha sido?

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Se trata de una traducción literal del chino: resbale y caiga con cuidado
  • A) Esto ha sido G* Translate
  • B) Ese primo del director que pasó un verano estudiando chino y que hace traducciones de vez en cuando para sacarse unos eurillos
  •  C) Un traductor con inglés como lengua D o incluso F que había recibido pocas ofertas ese mes y total, es un montón de señales de advertencia, no puede ser tan difícil.
  • D) ¿Vamos a pagar a un traductor para esto? Trae para acá, que esto lo saco yo en un rato libre que hablo un inglés de Oxford nivel bilingüe.
  • E) Un traductor con buen dominio de chino e inglés con dos copas de más o un gripazo brutal de esos que no te dejan ver bien ni la pantalla.

¿Podéis acusar sin dudar a la máquina?

Lo que queda claro es que la tecnología ha llegado para quedarse, tenemos que aprender a aprovecharla, que el mercado demanda cosas de forma diferente, que tenemos que ser flexibles pero no por ello renunciar a una tarifas que nos permitan vivir de nuestro trabajo y sobre todo, no renunciar a tener vida. Las máquinas pueden trabajar las 24 horas, yo no y tampoco quiero hacerlo. Por lo que si quiero que me contraten, tendré que especializarme, venderme bien y ofrecerle al cliente lo que le prometo. ¿Corro el riesgo de ser uberizada?

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Muchas gracias a Asetrad por permitirme acudir, ha sido un placer escuchar a Henry Liu que habla de la realidad del sector sin dramatismo, con los pies en la tierra y con conocimiento de causa, dado que recorre el mundo visitando las asociaciones locales para ver qué podemos aprender unos de otros.

 

El fantasma literario

El fantasma es una figura muy socorrida en muchos libros y en las obras de Shakespeare. ¿Qué habría sido de Hamlet sin el fantasma de su padre que vagabundeaba a horas indignas por sitios en los que debía hacer un frío considerable? Probablemente habría sido una obra mucho más insulsa y más parecida a Dawson Crece con todos su conflictos adolescentes. ¿Cómo habría sido posible arrancar el dramón entre generaciones y saltos en el tiempo de Cumbres Borrascosas sin el supuesto fantasma de Catherine saludando desde la ventana? ¿Sería posible Harry Potter sin fantasmas? En los primeros libros eran divertidos pero al mismo tiempo eran más útiles que Wikipedia, gracias a todos los años de secretos que atesoraban.

Tranquilos, no voy a mentar cada fantasma que ha pasado por las páginas de un libro, pero hay muchos y además de esos que sí reciben nombre o cierto protagonismo, hay muchos más, invisibles, pero no por ello menos necesarios: los traductores.

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¿Para cuándo dice que quiere la entrega de los primeros capítulos?

Los lectores más fieles del blog me dirán aquí que esto les suena y no andan desencaminados. Hace ya unos años, tres para ser exactos, publiqué una entrada sobre la presentación de un libro escrito por varios traductores y que intenta explicar el oficio: los traductores fantasmas. Entonces ya hablaba de la traducción utilizando imágenes de Los Cazafantasmas para ilustrarla. Bueno, han pasado tres años y tenemos una nueva película y un nuevo libro entre manos.

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El pasado martes 22 de marzo se presentó en La Central de Madrid el libro El fantasma en el libro de Javier Calvo, publicado por Seix Barral, con un coloquio sobre la traducción literaria que contaba con la presencia del autor (también traductor), Pilar Adón (traductora y editora), Mercedes Cebrían (traductora) y Javier Lucini (traductor y editor).

 

Por si leer toda la entrada os parece demasiado compromiso en plena Semana Santa pero os interesa el tema, os dejo el enlace a la entrevista que le han hecho a Javier Calvo en la radio: El ojo crítico.

Dicho esto, ¿de qué se habló en el coloquio? De muchas cosas. Vamos por partes.

Se trató bastante el tema de las editoriales, no hay que olvidar que entre los presentes había dos traductores que también son editores. Se mencionó la relación entre escritor-traductor-editor. De lo necesario que es dejar de mirarse el ombligo y aprender sobre el resto de pasos del proceso que es sacar un libro al mercado. Se aprende sobre la distribución, el papel de los libreros, las cifras (siempre importantes) y cómo los posicionamientos justifican cada actuación.

Uno de los fenómenos editoriales más relevantes en opinión de algunos de los presentes era la proliferación en los últimos años de nuevas editoriales, más pequeñas, más independientes y sobre todo, más arriesgadas. Pilar Adón nos habló de Impedimenta. Que es una editorial que cuida mucho a sus traductores, hasta el punto de que se incluye una pequeña biografía de los mismos en el propio libro tras las del escritor. Esto despertó un debate sobre si eso era o no realmente necesario. Primero por la necesidad de mantener al traductor como un fantasma invisible, que no altere con su voz la del autor, y en segundo lugar, por un motivo mucho más práctico. Si incluyes la biografía del escritor y del traductor, ¿qué pasa con la del corrector/editor/maquetador/ilustrador/revisor, etc.? ¿Acaso no son ellos también padres o al menos comadronas durante el parto de la criatura? Pero si metemos todas las biografías, la cosa se nos podría ir de las manos y parecer las etiquetas de la ropa de Zara o los interminables créditos de Blade Runner. Claro que visto lo visto, si la cosa va de ahorrar páginas y espacio, acabamos en la preocupante tendencia en la que las obras ni siquiera mentan a sus traductores y sus nombres se pierden en el olvido.

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Traductores que se pierden en el tiempo

 

Desde luego si uno consulta la web de Impedimenta (enlace en el párrafo anterior), verá que el nombre del traductor figura en la ficha del libro de una manera visible y adecuada.

Pilar también comentó que en los grandes grupos todo lo que se hace en torno al lanzamiento de un libro está enfocado a la venta y que las nuevas editoriales, que también quieren vivir de su trabajo (lógicamente), se permiten tener catálogos más cuidados, en el sentido que el editor puede permitirse un catálogo poblado por autores que realmente le gustan. Algunas veces estas son misiones suicidas si sus gustos no coinciden con los del público.

También se habló de las nuevas traducciones de los grandes clásicos. ¿Es realmente necesario volver a traducir Ana Karénina (1877) si ya está traducida desde hace años? Aparentemente sí. Nos contó la anécdota sobre una escena en el libro en el que los personajes toman un aperitivo con caviar y vodka que curiosamente no figura en la traducción española original, quizás porque la idea de un aperitivo antes de la cena no encajaba con la cultura local de ese tiempo, quizás porque la adaptación más lógica habría sido decir que se tomaron unas tapas antes de cenar (cosa que habría rechinado de mala manera) o quizás todo se debía a que el anterior traductor se la había merendado sin compasión. Porque hay que tener en cuenta que en esa época muchas de las traducciones que nos llegaron del ruso eran más un ejercicio de relé en traducción que otra cosa. Para los que evitan las entradas sobre interpretación en el blog, el relé es cuando no puedes interpretar directamente de sala porque desconoces el idioma y tienes que utilizar el audio de otra de las cabinas para poder volcar el mensaje a tu lengua de trabajo o como la define el SCIC:

Interpretación de un idioma a otro a través de un tercero

Pues lo mismo pasó a la hora de traducir las novelas rusas, que en muchos casos se traducían usando las traducciones de otros al francés o inglés. Peor era el caso de las obras en lenguas como el polaco, que podían pasar por el francés y de ahí al inglés antes de ser traducidas al español. Vamos, un teléfono escacharrado decimonónico.

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¿Cómo es eso de que no hay caviar y vodka?

En otras ocasiones las omisiones en las traducciones se debían a elecciones propias y absolutamente subjetivas del traductor. No existía el mismo sistema de controles que hay hoy en día y además el conocimiento de lenguas extranjeras en general era bastante más bajo, por lo que muchas veces los editores no tenían herramientas a su disposición para confirmar si estaba todo en orden y en algunos casos, eran los propios traductores los que no entendían del todo un giro cultural o lingüístico, no estaban de acuerdo con una idea o sencillamente no sabían cómo resolver un entuerto y elegían la opción de esconder ese párrafo (escena, página y por lo comentado, incluso capítulo) bajo la alfombra.

Tengo una edición de la Divina Comedia que perteneció a mi abuelo, que publica la carta del traductor al inicio y que es una joya a la hora de explicar la situación de la profesión en un pasado no tan lejano:

Mi querido amigo: Después de concluido mi penoso trabajo de interpretar y traducir verso por verso la Comedia de Dante, toda entera, aquí me tienes perplejo sobre su publicación en las presentes circunstancias. Un hombre de mis creencias religiosas y de mis opiniones políticas, naturalmente no ha de querer dar pábulo al espíritu irreligioso y revolucionario de Europa en los días en que tan sañudo se presenta contra el poder temporal del Papa. Pero la explicación del pensamiento del gran Poeta, generalmente mal interpretado por los que no son buenos, ¿puede contribuir a extraviar los espíritus, o, por el contrario, impedirá que se hagan de él citas falsas o equivocadas…

Si crees útil que vea la luz pública, pon a continuación de esta carta e Prólogo que te dicte la conciencia, y vaya todo al impresor.

Javier Calvo comentó que las prácticas de control de calidad y la profesionalización seria de nuestra labor arranca a mediados de la década de los 80 para evitar errores como los antes mencionados.

También se habló de la figura de los escritores-traductores. Si antes hemos dicho que el traductor ha de ser un fantasma (si bien no anónimo), que facilite la transmisión del mensaje sin aportar en exceso el sonido de su propia voz, la cosa se complica cuando es un escritor el que firma la traducción. Por una parte está la defensa lógica: un buen traductor literario (o no literario) tiene que saber redactar en su lengua de llegada y hacerlo bien. Nadie mejor que un buen escritor para eso, pero el ego de un escritor es más complejo que el de un traductor acostumbrado a las sombras. Si alguien ha leído la traducción del Orlando de Virginia Woolf a manos de Borges puede comentar si tiene o no un cierto sabor argentino.

 

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En ese momento se abrió un nuevo debate: Si bien es cierto que ahora los traductores contamos con un mejor nivel en los idiomas de trabajo, tenemos internet con todos sus recursos y viajamos más para empaparnos de las culturas con las que convivimos en los textos, ¿no es cierto que los traductores del pasado fallaban en documentación pero nos daban sopas con ondas en la calidad de la redacción?

Aquí se manifestaron opiniones de todo tipo. Se culpó a la cultura audiovisual y a la influencia del inglés. Se mencionó que también puede deberse a que el material no es tan bueno, es decir, que los propios escritores cada vez redactan peor, por los motivos que sean. Quizás la propia industrialización del proceso de traducción que garantiza los niveles de control ha mecanizado en exceso el oficio, acentuando su parte industrial y aplanando los textos. La literatura siempre se ha alimentado de otros textos y expresiones culturales y como ahora parece que la cultura se hace en inglés o se traduce desde el inglés, su influencia es algo con lo que hay que lidiar en un mundo que tiende a ser demasiado monocromático.

Eso por no hablar de la corrección política que no solo afecta a las cabinas de interpretación o a los discursos oficiales. Muchos traductores se enfrentan a dudas ante ciertos textos. Si dejas lo que está puesto te arriesgas a ofender a parte del público lector pero si tomas la decisión de rebajar insultos o ideas, estás traicionando al autor. Esa eterna tentación de enmendar al autor y sus cojeras que es ahora una carga mucho más pesada de lo que pudiéramos pensar (y vuelvo a la cita del traductor de Dante para ver que las cosas cambian tanto que a veces damos toda la vuelta y regresamos al mismo punto).

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La sala llena

Como era de esperar, si hablamos de adaptar textos, no se podía pasar por alto el rompecabezas favorito de los traductores literarios: el español neutro. Ese anhelo de todo editor que tiene que vender libros a los dos lados del charco y que pide algo que es más un unicornio que un fantasma.

Javier aquí entró en detalles y me temo que si me extiendo más esta entrada va a ser peor que la tradición de ver Lo que el viento se llevo en Semana Santa (que empiezas el jueves y el domingo con un poco de suerte logras levantarte del sofá). Pero lo que me pareció super curioso y desconocía fue una de las cosas que dijo sobre este problema. Se habla mucho sobre este “español neutro”, porque los libros que suenan muy españoles molestan a algunos lectores en países latinoaméricanos, acostumbrados a las traducciones realizadas en Argentina o México (principalmente) y lo mismo pasa en la otra dirección (aunque las quejas las he visto más en doblaje y subtitulado). La pregunta ante esto era de esperar, ¿pasa lo mismo con el inglés? ¿Se piden traducciones de inglés neutro? Tengamos en cuenta la cantidad de países diferentes y muy separados geográficamente que usan la lengua de Shakespeare como idioma oficial. Javier Calvo nos explicó que en este caso los angosajones son mucho más prácticos y cuentan con un paso intermedio. Es decir, que un libro traducido por un inglés que se vaya a publicar en Estados Unidos pasará antes por un intermediario que adaptará el texto al inglés americano y viceversa. Bromeó diciendo que siempre se imagina a ese paso intermedio con su ordenador flotando por encima del Atlántico.

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Por supuesto se preguntó por tarifas y estuvimos a punto de entrar en lo que Javier denominó el “bucle infinito” en el que entramos todos los traductores-intérpretes cuando nos encontramos con otros compañeros. Se preguntó por G++gle Translate (no hace falta que añada la respuesta) y se habló mucho de literatura, traductores y del amor por este oficio. Si os habéis quedado con ganas de más, ya sabéis, toca darse un paseo a la librería más cercana.

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Traductores, traductores por todas partes

 

 

 

 

 

 

Un taller de traducción en Tarazona

Me encantan las novelas de ciencia ficción, por lo que soy una fan incondicional de los que las traducen, dado que sin su trabajo no habría podido descubrir algunos de los libros que más me gustaron durante la infancia.

La semana pasada, Manuel de los Reyes, uno de estos traductores, habló en Barcelona sobre su experiencia con este género. Aún se pueden leer las ideas principales en Twitter (#APTIC_CF).

Este verano, él fue uno de los profesores de los talleres de traducción que tuvieron lugar en Tarazona. Le comenté que iban a celebrarse estos talleres a una de mis antiguas alumnas, Nina Pantelic, porque sé que comparte mi pasión por la fantasía y la ciencia ficción. En agradecimiento por la recomendación, me ha enviado esta crónica sobre su experiencia del curso que espero os guste.

Crónica sobre un taller de traducción celebrado en Tarazona

 

A medida que las hojas empiezan a caer junto con las máximas de temperatura, a menudo recuerdo con cariño esos escasos e intensos días dedicados a la traducción del pasado mes de julio. Quizás debería echar la vista atrás un poco.

 

Todo empezó hace unos meses cuando envié un mensaje a mi antigua profesora de interpretación a través de una red social, un mensaje que no tenía nada que ver con este tema. Ella mencionó un taller de traducción que se iba a celebrar en un par de semanas y que, en su opinión, podría ser de mi interés. En efecto, el precio estaba bien, se ofrecía la opción de alojamiento para los participantes y el lugar donde se iba a celebrar era Tarazona, una localidad preciosa que había visitado de paso hace un tiempo y a la que siempre había querido volver. Además, uno de los organizadores del taller era la Casa del Traductor, sobre la que apenas había oído hablar y de la que sabía muy poco, a pesar de que ese nombre figuraba en varias de las publicaciones que leí al estudiar traducción. Lo único que conocía en ese momento era que se encontraba a una hora de distancia de mi nueva casa en Zaragoza.

 

Tarazona
Tarazona

 

Acababa de pasar la fecha límite para las inscripciones, pero con la ayuda del personal de la Casa del Traductor y, sobre todo, de los principales organizadores, ACE Traductores, pude ser el miembro número 14 del grupo con el que compartiría cuatro días llenos de traducción y de nuevas amistades. Durante los días antes del inicio del taller, mantuvimos un contacto constante entre nosotros y con Ana Mata, intercambiando correos sobre cómo organizar el transporte, así como la división de compañeros de habitación y de los grupos de traducción. Los participantes debíamos dividirnos en dos grupos con el mismo número de estudiantes. Cada grupo tendría un traductor profesional al frente. Nos dieron la opción de elegir entre Gema Rovira y Manuel de los Reyes, pero como los dos son excelentes, basé mi decisión en la sugerencia que me dio mi antigua profesora de interpretación y me quedé en el grupo de Manuel.

 

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Todos llegamos el domingo por la tarde, muchos nos dedicamos a conocernos un poco antes de llegar al Seminario de Tarazona, un edificio antiguo, enorme y precioso que aún se utiliza y en el que tuvieron lugar las comidas de los siguientes tres días que estaban incluidas en la pensión contratada.

A la mañana siguiente nos presentamos oficialmente durante el desayuno y a pesar de que algunos ya nos conocíamos de la tarde anterior, al inicio del taller casi todos nosotros no nos conocíamos de nada. Había alumnos de primer año de la universidad, traductores recién graduados y profesionales que tras una década de trabajo habían descubierto que la vida les llevaba por nuevos caminos cuando encontraron que lo que realmente les apasionaba era la traducción. La mayoría eran de España y tenían el español como lengua materna, pero no era la única que provenía de otro país; lo que fue un alivio, puesto que sabía que no estaría sola a la hora de traducir a un idioma que no es mi lengua materna. Simplemente iba a tener que esforzarme más.

 

Habían contratado transporte para que pudiéramos ir y venir del Seminario a la Casa del Traductor, aunque algunos optamos de vez en cuando por el paseo de 25 minutos y, a menudo, nos quedábamos en Tarazona a comer o cenar para probar los platos de la zona.

 

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Los días del taller fueron intensos, con sesiones de mañana y tarde. La primera mañana nos recibieron en la estupenda Casa del Traductor, un edificio renovado de tres alturas, que incluye aulas, un amplio salón con puertas de cristal que dan a un balcón desde el que se pude ver el pueblo y, en la planta de arriba, hay una zona de habitaciones privadas para futuros talleres de traducción, que aún están en las últimas fases de construcción. Tras la presentación del personal y de los organizadores, nos pusimos manos a la obra.

 

Cada uno de los dos grupos recibió un paquete de hojas, que eran los textos que ibamos a traducir esos días. Luego, nos subdividieron en grupos de dos y de tres en momentos puntuales, dado el número total de alumnos. Pasamos los siguientes días trabajando con los portátiles, diccionarios y con el cerebro que echaba humo. Mi grupo en concreto tenía seis cuentos cortos individuales que a la vez estaban entrelazados y trabajábamos con un par de ellos en cada sesión. Manuel nos explicó datos sobre el autor para que pudiéramos entender lo que pensaba y comprendiéramos mejor su estilo al escribir. También analizamos la estructura de los cuentos en el formato online interactivo, dado que este era otro recurso al que teníamos acceso. Creo que mi compañera de traducción y yo tuvimos suerte, dado que congeniamos de inmediato y pasamos esos días trabajando en una cierta armonía. Durante esos días, trabajamos con los cuentos, dejando por la tarde que los otros grupos revisasen nuestras traducciones hasta que terminamos. Otra de las cosas que tuvimos que aprender fue a gestionar la revisión de las traducciones de los otros alumnos, dado que para esto nos asignaron a un nuevo miembro en el grupo y, en ocasiones, uno se ocupaba de revisar la traducción de un texto que ya conocía. Sin embargo, de este modo pudimos ver el estilo de los otros participantes y tuvimos acceso al trabajo que había llevado a cabo otro de los grupos durante la mañana. Hay que tener en cuenta que por las mañanas nos enfrascábamos en nuestro propio trabajo y apenas interactuábamos con el resto.

 

Por las tardes la actividad era igual de frenética, recibíamos cursos intensivos sobre el mundo de la revisión, cómo se debe presentar una sugerencia sobre una traducción, cómo funciona el diseño, cuáles son las partes importantes del proceso y hasta qué punto el traductor puede influir en el producto final. En dos ocasiones tuvimos el privilegio de escuchar a gente que trabaja en el sector editorial: una de estas personas trabaja en España, la otra en Estados Unidos. También les planteamos preguntas al final. Durante la última tarde, vimos un diseño de prueba del aspecto que podrían tener nuestras traducciones, incluyendo la información sobre los autores que habíamos recabado todos juntos.

 

Nos explicaron el funcionamiento de la revista Granta
Nos explicaron el funcionamiento de la revista Granta

 

No quiero decir con esto que solo nos limitamos a trabajar. Uno de los participantes organizó una visita guiada a la preciosa catedral de Tarazona y a toda la localidad. El tercer día nos fuimos a comer con el grupo al completo y, la gran mayoría, incluyendo a los profesores, se reunía al final de las sesiones para charlar y conocernos todos un poco mejor, no solo como traductores sino también como amigos. La ceremonia de despedida del jueves resultó agridulce, porque vivimos días muy intensos y provechosos. Nos prometimos mantener el contacto y lo hemos hecho.

 

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Al echar la vista atrás, a menudo las mejores experiencias llegan de forma accidental. Si no hubiera enviado un mensaje a mi antigua profesora no me habría enterado de la existencia del taller y ahora viviría una vida más pobre si pienso en los contactos obtenidos, el conocimiento adquirido y las amistades que nacieron allí. Si alguien me preguntase ahora si volvería a hacer el taller, mi respuesta sería sí, pero con la única diferencia de que esta vez sería la primera en inscribirme.

 

[Todas las fotografías utilizadas son propiedad de Elisa María Castillo]