No me llames Dolores, llámame Lola, perdón, quería decir intérprete

Hay poder en los nombres. Andrea Brocanelli lo recordaba el otro día en Facebook y para eso los mitos nórdicos son muy ilustrativos. A Odín se le han llegado a adjudicar hasta 200 nombres, ahí es nada. El Padre de todos o dios cuervo tenía tantos nombres como algunos coleccionan posavasos de bares porque consideraba que si alguien los conocía todos, tendría poder sobre él. Las fantásticas novelas de Joanne Harris sobre la mitología escandinava aprovechan este detalle constantemente.
Hubo una época en la que me indignaba cada vez que me llamaban traductora u opciones más originales en lugar de intérprete. Echando la vista atrás, en la última década me han llamado todas las versiones de “traductora” existentes: traductora oral, traductora que habla, traductora inmediata, traductora simultánea, traductora rápida y hubo una vez en la que me preguntaron si yo podía traducir antes de que el ponente hablase o si lo hacía en diferido (lo primero habría tenido su mérito).

 

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Tranquilidad, me comentan que el compañero Sentamans sigue vivo y traduciendo

 

Con el tiempo dejé de darle importancia, porque las verdaderas batallas que me preocupan son las condiciones de trabajo y las tarifas. Cuando llevas unas cuantas cabinas y consecutivas llegas a la conclusión de que eso da igual si cumplen con lo acordado en la fase previa. ¿Cuántas veces hemos llegado a un hotel o sala de conferencias y nos hemos encontrado con que la información que nos habían pasado era un sueño de Resines? Simultáneas sin cabina para una sala de 100 personas en las que esperan que interpretes sola al mismo tiempo que habla el ponente y que no subas mucho la voz que a los del fondo les molesta, ¿micrófono? ¿Para qué quieres eso? ¿No sabes impostar la voz? Que te quedas con las ganas de darte con un poste más bien para acabar con tu sufrimiento. Por no entrar en los temas ya mencionados en la entrada sobre “uberización” como lo de querer descontar el tiempo de los descansos de café o pensar que las jornadas de 12 horas seguidas son perfectamente normales.

Negociar las condiciones, explicar el motivo por el que pedimos lo que pedimos siempre me ha parecido una batalla necesaria y cuyo final aún no está cerca. Pero, después de darte muchas veces con paredes, muros y puertas, una empieza a preguntarse ¿Qué es lo falla? ¿Por qué cuando pido el material pasan de mi correo? ¿Piensan que voy a vender el power point de 50 diapositivas con letras blancas en Times New Roman 8 sobre fondo gris a las potencias extranjeras?

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No veo un pimiento de lo pequeña que es la letra, pero esta presentación la vendo y saco para pipas

En el fondo creo que el principal problema al que nos enfrentamos es la falta de comunicación eficaz. Soy consciente de que esta no es más que mi opinión personal, pero tengo la sensación de que muchas veces la pelea por las tarifas, por una cabina desde la que pueda ver al ponente o el recibir el material para estudiar se deben a que el cliente que nos contrata no sabe qué se necesita para que el servicio funcione. No digo que la culpa sea del cliente, ni mucho menos. Cuando contratas el servicio de un fontanero no tienes ni idea de tuberías y después de pagarle sigues sin tener ni idea, para eso le contratas, pero haces un esfuerzo por no molestar y por aprender si te comenta algo. No es tarea del cliente aprender previamente lo que necesita un intérprete, pero sí podemos ir explicando de forma correcta y profesional cuáles son los requisitos mínimos para que salga adelante un proyecto con calidad, el motivo por el que pedimos las cosas y debemos intentar ser mejores a la hora de comunicarnos. Podemos evitar los malos entendidos y ser flexibles sin caer en malos hábitos que luego va a tener que sufrir el siguiente compañero al que contrate ese cliente.

Se nota cuando un organizador de eventos ha trabajado antes con intérpretes que han hecho bien su trabajo. Si el cliente recibe calidad, valora el servicio y entiende la tarifa. La mejor manera de explicar lo que costamos es ofrecer un servicio que lo valga. Cuesta menos pagar las cosas si consideramos que vamos a obtener algo bueno a cambio. En una ocasión un cliente nos comentó que nuestro presupuesto no era el más barato pero que era un evento demasiado importante como para dejarlo al azar y que prefería pagar más pero estar tranquilo. Aprovechó para preguntar un montón de dudas sobre el material: ¿Qué mando? ¿Cuándo lo mando? ¿Pongo fecha límite a los ponentes para que pasen las presentaciones? Este es un excelente modo de ver las opiniones de las dos partes y llegar a puntos de entendimiento. No es fácil, no siempre es posible, pero debemos intentarlo.

 

Sin embargo, los clientes no son los únicos que debe saber lo que hacemos, porque igual que podemos trabajar con cualquier tema, todo el mundo es un cliente potencial. Si uno sabe los beneficios que conlleva contratar a un intérprete profesional y la dificultad de la tarea en cuestión, no pensará en que esa reunión con los futuros clientes de Australia en la que se decidirá el futuro de su proyecto la puede “traducir” ese compañero que fue a Londres el verano pasado y se entendía de lujo con todo el mundo.

Todos los años por estas fechas hago jornadas enteras de consecutiva y hay momentos que nunca fallan:

  • Alguien me manda callar en una sala de exposición por interpretar en susurrada mientras habla el comisario.
  • Alguien interrumpe mi consecutiva porque necesita que me mueva para hacer mejor la foto, me echa la bronca por estar en medio cuando quiere pasar o apoya el micrófono/cámara/móvil en mi hombro para no cansarse (ha pasado más de una vez)
  • Alguien con la mejor de las intenciones se acerca al terminar la presentación para felicitarme por mi trabajo, me pregunta por las notas, se asombra de la memoria que se necesita para hacer una consecutiva y termina por preguntarme a qué me dedico.  La persona en cuestión suele sorprenderse cuando respondo que a ser intérprete y en algunas ocasiones se ha lanzado a preguntar si me pagan por eso.

 

El día que quede más claro qué es un intérprete, qué necesita para hacer su trabajo, qué se esconde en el nombre, quizás sea todo un poco más fácil. Que me llamen traductora cuando pregunto por la cabina no me ofende, me enorgullezco de serlo, pero quizás indica que hay una falta de información de fondo que no nos beneficia y que está en nuestras manos remediar.

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Hasta Julieta se preguntaba cuál era la importancia de un nombre, pero si uno estudia los nombres de la obra, muchos tienen un significado que encaja con la trama, por lo que no fueron elegidos sin motivo.

 

Ayer la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó una resolución que reconoce el papel que juegan los profesionales de nuestro sector a la hora de ayudar a las naciones a establecer vínculos de entendimiento y declaró el 30 de septiembre como el día internacional de la traducción. Un pequeño paso para la ONU pero un paso en la buena dirección para el sector.

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Nota: Gracias a @jsentamans_  por la foto.

¿Corremos el riesgo de ser uberizados?

Uberización: 

  • Por representar un símbolo de un nuevo modelo económico, el nombre de la firma Uber se prestó para crear esta expresión. Esta expresión se usa para definir los nuevos modelos de negocios en los cuales particulares pueden efectuar transacciones económicas vía plataformas accesibles desde aplicaciones que se encuentran en sus celulares inteligentes o en sus computadores. Además de Uber, los últimos años han experimentado una explosión de oferta de plataformas que van desde el alojamiento con AirBnB hasta plataformas de intermediación financiera, otras dedicadas a los servicios domésticos, a los servicios jurídicos, etc. [¿Qué significa la “uberización” de la economía? – Foco Económico]

 

Hemos leído noticias sobre Uber y la uberización de ciertos servicios, aunque cada vez se habla más de la posibilidad de contratar servicios a través de aplicaciones, de sitios web, en los que nada más entrar planteas lo que necesitas, te aparece un presupuesto en cuestión de segundos y se te asigna un “profesional” anónimo que prestará dicho servicio en el momento que se necesite y sin dar una sola pega, siendo al mismo tiempo amable y agradable. Hasta ahí todo es de color de rosa pero, ¿es oro todo lo que reluce en la “uberización” de servicios? ¿Se van a uberizar los servicios de traducción e interpretación?

De forma imparable, aunque las actividades económicas tradicionales se resistan, se está produciendo una drástica transformación en la mayoría de los sectores que acabará con lo que hoy conocemos. La banca, las eléctricas y otras industrias están llamadas a transformarse con rapidez o a desaparecer. No importa lo grandes y potentes que sean, o se transforman, o antes de que se den cuenta estarán en la puerta de salida. – Eduardo Olier en El Economista.es

Esta fue una de las preguntas que nos planteó ayer en Madrid Henry Liu, el presidente de la FIT, la Federación Internacional de Traductores, en el encuentro de asociaciones de la Red Vértice organizado por Asetrad en su flamante nueva sede.

No es la primera vez que se escuchan los gritos de pavor de la multitud del sector:

  • Las máquinas van a quitarnos el trabajo.
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Me encanta el olor a traductor chamuscado antes del amanecer
  • La uberización va a hacer que se desplomen las tarifas.
  • El intrusismo, el intrusismo (perdón, es marzo y este grito suele sonar más fuerte en temporada baja).
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Corred insensatos

Volviendo al tema que nos atañe hoy, ¿son las máquinas el final de la profesión? ¿Son el malo de la película ellas solitas? ¿Tienen secuaces? Quizás nos estamos equivocando y en realidad son el Clark Kent que aún no sabemos que puede salvarnos.

Lo que sí tenemos que aceptar es que están aquí, la tecnología ya no es algo nuevo y el hecho de que los consumidores quieren una homogeneidad en el modo en el que contratan servicios también. Se ha hablado mucho del efecto Ryanair y los productos “low-cost” y a eso ahora tenemos que añadir la urgencia de una sociedad que exige servicios las 24 horas, los siete días de la semana y los 365 días del año.

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La idea es buena y la tecnología lo permite, pero ¿qué significa para nosotros?

En lugar de decir sencillamente que NO, no quiero saber nada de eso o SÍ, es el futuro, aprovechemos las oportunidades que ofrece, tendríamos que plantearnos algunas preguntas.

¿Qué supone uberizar el servicio de traducción e interpretación? En traducción ya llevamos tiempo viendo agencias que lanzan aplicaciones que ofrecen básicamente ese servicio a los interesados. ¿Qué quiere traducir? ¿Para cuándo lo quiere? Esto es lo que cuesta. Para poder ofrecer esto tienen que contar con una base de datos de traductores que permita sacar el trabajo independientemente de la hora y además necesitas unos precios muy competitivos. La gente que opta por contratar traducciones de este modo quiere rapidez y que salga lo más barato posible. ¿Dónde queda aquí la calidad? ¿Es siquiera parte de la ecuación?

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Nadie contrata un traductor para conocer gente guay, pero si puede optar por un servicio uberizado de traducción para ahorrar tiempo y dinero.

Si somos sinceros, todos hemos tenido clientes que necesitan la traducción para ayer y que te saltan sin el más mínimo atisbo de vergüenza que tampoco la quieren perfecta, “con entender un poco lo que dice me vale”. Ahí te plantean un conflicto profesional serio. ¿Sabemos hacer las traducciones personalizando el nivel de calidad en: mal pero no se nota mucho / medio bien / pasable / excelente / si Hemingway levantara la cabeza me invitaría a una copa? ¿Nos interesa incluir la moda de la personalización o “customizar” nuestro trabajo hasta ese punto? ¿Es rentable hacerlo? 

Muchas preguntas, pero es necesario planteárselas en un mercado en el que tienes dos opciones: trabajar a destajo con tarifas bajas o ofrecer un nivel de calidad acorde a las tarifas que planteas. Si vamos más allá, la siguiente pregunta es: ¿Qué es lo que entendemos por calidad? ¿Es lo mismo que lo que entienden los clientes que nos contratan?

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Una cosa está clara, si prometes un servicio de calidad, lo tienes que dar.

La calidad no puede ser una promesa vacía que usemos para defender nuestras tarifas y que luego se quede en nada.  Si quiero cobrar tarifas altas tengo que diferenciarme del resto siendo bueno en lo que hago, esforzándome más en la preparación de los proyectos, formándome cada poco para mantenerme actualizado y seguir ofreciendo valor añadido a los clientes. Tampoco nos vendría mal escuchar más a los clientes, descubrir qué necesitan y de qué se quejan de servicios previos que han tenido.

Esa teoría es buena y ciertamente funciona pero, ¿qué hacer cuándo el cliente prefiere algo barato incluso si no es tan bueno?

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Existen distintos tipos de clientes igual que hay distintos tipos de servicios de traducción

El cliente debería conocer más el servicio, para saber así qué tipo de traductor o intérprete está contratando y qué calidad es la que puede esperar. No es lo mismo un traductor literario que traduce todas las novelas de un autor, un traductor autónomo que quiere ganarse a ese cliente, uno que trabaja para la agencia X y no tiene clientes asignados fijos, un traductor en plantilla que trabaja solo para una empresa, una agencia que mima a sus traductores por ser valiosos activos o un aplicación de móvil que te promete la traducción de 10.000 palabras en dos días.

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¿Quién traduce o interpreta tus contenidos?

La autoría, el que se sepa quién hace qué, es uno de los temas más complicados de nuestro sector. Quizás en la traducción editorial o literaria las cosas sean algo más fáciles (tampoco tanto, consultad la campaña Acredítame – Cita al traductor para ver de qué hablo). Pero en otros campos, por ejemplo el de la interpretación, la cosa es mucho más compleja. Durante años nos hemos enorgullecido de ser invisibles, si no se nota la presencia del intérprete es que estamos haciendo bien nuestro trabajo de facilitar la comunicación (cierto), pero esta invisibilidad nos perjudica a la hora de poder vender nuestros servicios. La clave es encontrar un modo de mantener la confidencialidad que piden muchos clientes y nuestra capacidad para vender nuestra experiencia profesional. Parece fácil y a veces no lo es tanto. Henry Liu comentó aquí el caso de una delegación china que visitó Nueva Zelanda (su país de origen) con unas 800 personas en total, de las que 9 eran intérpretes. Tenían un intérprete para las ruedas de prensa, otro para la negociaciones, etc. Nuevamente, la idea no es mala, si te juegas millones y necesitas que tu mensaje llegue tal y como tú quieres, ¿por qué no invertir en conocer los activos que te pueden dar los mejores resultados dependiendo de la situación? No hay un intérprete que sea bueno en todo, pero todos sabemos en qué somos mejores y dónde realmente destacamos. ¿Por qué no aprovechar eso? Aquí, Natalia González de AICE, Asociación de Intérpretes de Conferencia de España, apuntó con acierto que uno de nuestro principales fallos a la hora de ofrecer nuestros servicios es saber vendernos. No hablamos aquí de los colores que tenemos que elegir como fondo de la web, ni del grosor de las tarjetas de visita, sino de nuestra capacidad para expresar de forma clara, profesional y atractiva en qué somos realmente buenos, en qué somos mejores que otros que ofrecen el mismo precio o tarifas más bajas.

Las máquinas nos dan mucho miedo, no es nada nuevo: Google Translate nos va a quitar el trabajo, los nuevos auriculares que interpretan mientras caminan nos van a quitar el trabajo y encima son bonitos. Todos tenemos un familiar angustiado que nos manda artículos al WhatsApp con estos inventos que nos dejarán viviendo bajo un puente.

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Bonitos son

Llevamos años escuchando esto, quizás sea hora de ver lo que ha pasado en ese período.

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En 2014 ya hablaban de este tema en el congreso de la FIT

La traducción automática o MT es una realidad, hay una inundación de datos que requieren traducción, hay comunicados internos, manuales de instrucciones, etc. Henry Liu lo ha comentado: no existe una crisis de material a traducir e interpretar. Ese no es el problema, hoy por hoy se traduce más que nunca antes.

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No se trata de una crisis de palabras, en la actualidad ni siquiera hay una escasez de profesionales preparados (hay quien dice que incluso somos demasiados) pero sí que existe una crisis de percepción del valor de nuestro trabajo que da como una resultado una crisis de tarifas. Si no percibo que contar con un profesional preparado y serio tiene un valor añadido, voy a estar encantado de contratar a alguien por cuatro duros. Lógicamente, las futuras generaciones verán que esta no es una profesión suficientemente rentable y estudiarán otra cosa y en un futuro sí que tendremos una crisis de escasez de traductores e intérpretes que no beneficia al sector.

Ahorrar costes solo pone en peligro la sostenibilidad del sector.

Ahora bien, ese es nuestro trabajo, dejar claro qué hacemos y, para ser expertos en comunicación, se nos da fatal comunicarnos con el mundo exterior, ese que puede convertirse en un cliente potencial. Invertimos mucho en herramientas de software, actualizamos los programas de traducción asistida, intentamos ser cada vez más eficientes, llenamos las cabinas de tabletas, diccionarios electrónicos, cascos con mejor sonido, etc. Todo eso es aprovechar la tecnología para mejorar el servicio y es bueno. Pero en traducción estamos viendo que a veces eso juega en nuestra contra a pesar del tiempo y dinero invertido.

Henry Liu puso un par de ejemplos excelentes para ver lo absurdo que llega a ser:

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Si en las pruebas no me detecta nada nuevo no pago, hay una concordancia del 100% con la radiografía anterior
  • El ejemplo del médico está muy trillado pero vamos a verlo desde el punto de vista de la interpretación. Si eres el intérprete de la rueda de prensa del inicio de las reuniones del G7 o G8  en los últimos años te han tocado los mismo temas: la guerra de Siria, la crisis económica, Grecia, Brexit, el populismo, el calentamiento global. Muy bien, pues cada vez que salga un tema que ya se haya interpretado el intérprete cobra un 10% menos de la tarifa o no lo interpreta. Si nos parece ridículo en un servicio, ¿por qué dejamos que nos impongan ciertas cosas en otro? A ver que la interpretación no se libra de las peticiones desquiciadas. No creo que sea la primera a la que el cliente le quiere descontar (sin éxito) de la tarifa total los 15 minutos de la pausa del café o los 45 minutos de la pausa comida.
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No soy una máquina, no me desenchufo en la pausa café (que además rara vez dura 15 minutos). Ni soy un parking y no cobro por minutos

Nos reímos mucho de las “supuestas” traducciones hechas con programas gratuitos o baratos y las subimos a todas las redes sociales como modo de defensa contra el ataque de las máquinas, pero, ¿estamos seguros de quién ha sido el que ha traducido eso? A ver, en este caso, ¿quién ha sido?

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Se trata de una traducción literal del chino: resbale y caiga con cuidado
  • A) Esto ha sido G* Translate
  • B) Ese primo del director que pasó un verano estudiando chino y que hace traducciones de vez en cuando para sacarse unos eurillos
  •  C) Un traductor con inglés como lengua D o incluso F que había recibido pocas ofertas ese mes y total, es un montón de señales de advertencia, no puede ser tan difícil.
  • D) ¿Vamos a pagar a un traductor para esto? Trae para acá, que esto lo saco yo en un rato libre que hablo un inglés de Oxford nivel bilingüe.
  • E) Un traductor con buen dominio de chino e inglés con dos copas de más o un gripazo brutal de esos que no te dejan ver bien ni la pantalla.

¿Podéis acusar sin dudar a la máquina?

Lo que queda claro es que la tecnología ha llegado para quedarse, tenemos que aprender a aprovecharla, que el mercado demanda cosas de forma diferente, que tenemos que ser flexibles pero no por ello renunciar a una tarifas que nos permitan vivir de nuestro trabajo y sobre todo, no renunciar a tener vida. Las máquinas pueden trabajar las 24 horas, yo no y tampoco quiero hacerlo. Por lo que si quiero que me contraten, tendré que especializarme, venderme bien y ofrecerle al cliente lo que le prometo. ¿Corro el riesgo de ser uberizada?

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Muchas gracias a Asetrad por permitirme acudir, ha sido un placer escuchar a Henry Liu que habla de la realidad del sector sin dramatismo, con los pies en la tierra y con conocimiento de causa, dado que recorre el mundo visitando las asociaciones locales para ver qué podemos aprender unos de otros.

 

Debates e intérpretes: Trump

En la anterior entrada hablé sobre mi experiencia al interpretar a Hillary Clinton en el primer debate electoral televisado de esta campaña electoral. Sin embargo, como quedó claro, un proyecto de este tipo no es algo que hagas solo. A mi lado tenía a Daniel Sánchez, intérprete muy curtido en estas batallas, no en vano ha participado ya en otros debates y ha sido la voz en español del presidente Obama desde hace años.

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Concentración máxima a segundos del inicio del debate (pulsando el MUTE)

Otros intérpretes de Donald Trump ya han explicado cómo vivieron el debate (enlaces en la anterior entrada) pero no podía dejar escapar la oportunidad de pedirle a Daniel que nos contase su punto de vista.

  • Dado que ya se ha hablado sobre las diversas dificultades que planteó interpretar a Trump durante el debate y el modo en el que uno debe mantenerse imparcial: ¿Qué te pareció lo más complicado o reseñable a la hora de interpretarle?

Yo diría que lo más complicado y lo más reseñable es lo mismo en este caso. Trump no es un orador al uso. Tras haber visto vídeos de sus discursos ya sabía que no me podía esperar un discurso totalmente coherente, pero en el debate lo más difícil fue que en cada intervención que hacía (intervenciones de un minuto aproximadamente, por cierto) no había ningún hilo conductor. Podía estar hablando de Irán y en el mismo minuto hablar de las mujeres, de su hijo, de que es un gran empresario, de Yemen, de Alemania y de más cosas. Eso, a la hora de interpretar, se hace muy difícil porque no vas siguiendo un hilo lógico que te ayude, que te permita estar preparado para lo que viene.

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Además Trump tiene la característica de que habla muy claro, pero diría que lo hace cuando quiere. En otras ocasiones parece que está en la barra de un bar y deja sin terminar las frases, grita, no pronuncia bien las palabras o incluso utiliza términos que no corresponden en ese momento. En este último caso, adivinar cuál era la palabra que quería utilizar es complicado.

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Sobre la neutralidad que tienes que tener a la hora de interpretar a alguien como Trump, obviamente hay muchas cosas que dice con las que yo no estoy de acuerdo, pero de eso me olvido completamente cuando estoy interpretando y lo que hago es intentar transmitirlo utilizando el mismo tono que utiliza él: si es enérgico, yo también; si está enfadado, yo
también; si se ríe, igual hago yo. Otra cosa es lo que piense cuando acabo la intervención, pero pienso que la gente que está viendo el debate en televisión y que no habla inglés debería poder entender con la interpretación lo mismo que ve un espectador que lo sigue en inglés, y aquí se incluye también los gestos y el tono, que van más allá de la
mera interpretación de una frase.

  • ¿Cómo se prepara uno para interpretar a Trump?

Viendo muchos vídeos suyos. Me he preparado viendo algunos de los debates entre candidatos republicanos en las primarias. Lo hacía leyendo la transcripción del debate para que no se me escapase ninguna palabra, sobre todo aquellas que utiliza y que son de una jerga “más de la calle”. Quería saber cómo habla exactamente, qué tipo de expresiones utiliza y prepararlas para la hora del debate. Y aunque no siempre puedes conocerlas todas, sí que ha ayudado.
Igualmente, he visto entrevistas o mítines de Trump en estos últimos días. Los mítines sirven para detallar los puntos de su política y te permiten hacerte una buena idea de cómo responderá a las distintas preguntas que le planteen durante el debate.
Por último, me he leído de arriba abajo el programa electoral que aparece en su web. Es curioso, porque hasta el mismo día del debate, su programa se basaba en 7 u 8 puntos bastante escuetos: el muro con México, ayuda a veteranos, reforma fiscal, economía, relaciones con China, comercio y poco más. Como decía, lo curioso fue que la misma noche del debate ese programa electoral “creció” por sorpresa. Ahora es bastante más extenso.

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El muro aún no ha salido en los debates
  • Después de 8 años de Obama, de conocerle al dedillo, ¿qué diferencias como orador destacarías?

Te diría que destaco todas las diferencias. Obama me parece uno de los mejores oradores que me he encontrado. Pronuncia unos discursos con mucho contenido, haciendo hincapié donde es necesario, habla claro, se permite siempre un punto de humor para mantener la atención del público. Además su dicción es muy buena. Le gusta incluir en sus discursos citas de personajes célebres, historias de gente de a pie… Son discursos muy bien hechos pero muy cercanos a la gente.

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En un mes…

Por el contrario, Trump me parece un torbellino. Creo que es la mejor palabra para describirlo. Ya he dicho antes que en un minuto para responder a una pregunta, te puede hablar de 9 cosas distintas. Deja frases sin acabar, “machaca” palabras, usa palabras que no corresponden, utiliza mucho lenguaje “de la calle” no para dar un punto de humor (como hace Obama), sino para hacer su discurso un poquito violento. Para mí son dos tipos de oradores totalmente distintos.

  • ¿Qué retos plantea cada uno de ellos?

Para mí el gran reto que supone interpretar a Trump es no perderte. A veces tienes la sensación de que, al interpretar, dices cosas sin sentido gramatical, o sin sentido en el significado. Pero es que es así. Y como nunca sabes cómo va a seguir la frase hay que ir muy pegado a él, aunque hable bastante rápido, porque si no puedes perderte.
Con Obama el reto es menor. Aún así, tampoco es fácil. Hay mucha diferencia entre el Obama que lee sus discursos en el Teleprompter, a una velocidad bastante alta, y el Obama que responde las preguntas de los periodistas sin guión. Ahí es mucho más lento y te permite recrearte más en la construcción de las frases. Pero cuando lee su discurso, hay que estar muy alerta para aguantar la velocidad que lleva e intentar no perder contenido.

Debates e intérpretes

Hace casi cuatro años entrevisté a Daniel Sánchez, la voz en español del presidente Obama durante todos estos años y hablamos de lo que supone trabajar en los debates de los candidatos a la presidencia de Estados Unidos: Yo soy Obama. Pero cada periodo electoral es diferente, viene marcado por la personalidad de los candidatos y el clima político, económico y social del mundo en ese momento.

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Las cosas cambian

¿Quién nos iba a decir hace cuatro años que Estados Unidos tendría su primera candidata a la presidencia de uno de los dos grandes partidos? Había mucha expectación cara al primer debate electoral este año y desde luego no defraudó a la hora de dar titulares. Ya se han publicado algunas entrevistas a los intérpretes de Trump (Traducir el debate y Producir en español), pero por ahora no he visto ninguna a las intérpretes de Hillary.

¿Cómo se prepara uno para una interpretación de este tipo?

No queda otra que estudiar, como pasa con cualquier proyecto. Aquí sabes que tienes que tener en cuenta otros factores como el horario. Los debates se emiten en directo y eso en hora española significa empezar a interpretar a las tres de la madrugada. Son 90 minutos sin interrupciones y son realmente intensos, porque incluso cuando está hablando el contrario, no puedes relajarte. Si Trump está definiendo una política o acusando a Clinton de algo, tienes que saber qué está diciendo, dado que la respuesta de tu ponente va tratar el mismo tema o va a responder directamente a la acusación de turno. Aquí trabajas cada uno de los 90 minutos.

Eso por no mencionar el hecho de que un intérprete nunca descansa del todo en las pausas, porque lo lógico es ayudar al compañero anotando palabras que se atascan o números.

Otra de las peculiaridades de esta interpretación es que tenemos que ser tres en cabina y aquí tres no son multitud pero el espacio es reducido.

En la esquina izquierda del cuadrilátero teníamos a Daniel Sánchez, curiosamente en el mismo lugar que Donald Trump. En el centro estaba yo y a mi derecha Alberto Cartier que se encargaba de interpretar al moderador del primer debate: Lester Holt.

Diseñamos un plan estratégico de notas, en el que yo anotaba cifras a Dani y Alberto me las anotaba a mi para tenerlo todo en hojas de papel separadas y no mezclar datos. De todos modos, las notas se pasaban en silencio por la mesa. La colaboración es fundamental en un trabajo a esas horas y con ese nivel de tensión en el discurso. El compañerismo siempre da buenos frutos pero si somos tres en una cabina, es aún más importante.

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Ya lo decía la secretaria Clinton, las palabras son importantes y la terminología puede llegar a ser bastante específica en estos debates. Se habla de leyes, de juicios, de personas concretas, de incidentes, etc. Puedes estudiarte la política y la legislación estadounidense durante días y siempre te sorprenderán con algo que no te dio tiempo a ver. Para eso es especialmente útil combinar el estudio y los conocimientos de los tres intérpretes. Si a ti no te suena, es posible que a uno de tus compañeros sí y te lo anote o le de tiempo a buscarlo en Google. Lo ideal es tenerlo todo bien atado pero también tener capacidad para adaptarte cuando las cosas se complican de forma inesperada. La velocidad en televisión siempre va a jugar en nuestra contra, es parte del reto.

Desde luego, a esas horas y con esa velocidad, si no estudias no sacas el debate. Aquí la preparación es clave. Nosotros hemos seguido atentamente las primarias, incluso antes de saber si sería Hillary Clinton o Bernie Sander, ya escuchábamos los discursos, leíamos los programas.

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Una vez que quedó claro quién sería el candidato del partido Demócrata, nos dedicamos a estudiar lo que se decía en las convenciones de los dos partidos de julio. Dado que es igual de importante aprenderte el discurso de tu candidato como el del opuesto. En el debate no solo tienes que saber qué tipo de anécdotas suele contar Clinton, si habla rápido o hace pausas, si usa citas y en caso afirmativo, si es de las que prefiere las citas de los clásicos o de las películas, si menciona muchos nombres o muchas estadísticas, etc.

En esos meses de estudio, vi que Hillary Clinton tiene una serie de frases que se repiten y, por tanto, es necesario tener preparadas, suele mencionar a su padre y la fábrica de cortinas, a su abuelo y la fábrica de encaje (esa aún no ha salido), habla de sus nietos, de los derechos de las mujeres, de la baja por maternidad, del techo de cristal y de la conciliación familiar. Todo eso lo tenía en los post-its con los que decoré la cabina (con permiso de mis estupendos compañeros). También sabía que usa citas bastante cultas y usa palabras en latín en ocasiones (no salió en el primer debate, pero quedan otros dos).

También es cierto que el programa electoral que tiene en la página web es muy completo y es fácil ver todos los temas individualmente y conectados entre sí. Eso por no mencionar la enorme cantidad de vídeos breves que ha subido en redes sociales con algunas de sus propuestas y las principales acusaciones que le dedica a su contrincante. Sin embargo, a pesar de ese océano de información disponible, fue capaz de sorprenderme inventándose un nuevo término: “Trumped up-trickle down economics”

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Nunca es tarde para crear nuevos términos

La opción de economía de goteo no basta y “trump up” además de ser un juego de palabras con el apellido del candidato y su amor por bautizar con el mismo a todas sus empresas se puede llegar a traducir como algo inventado, falso o “fabricated”. Si te aparece en una traducción tienes tiempo para darle todas las vueltas que quieras y encontrar una solución creativa, pero en televisión y en directo, el proceso es más complicado.

Al menos tuvo el detalle de regalar grandes momentos durante el debate a los intérpretes:

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Otro de los problemas con lo que no contábamos eran las interrupciones constantes. Menos mal que estábamos todos en la misma cabina y hacíamos un esfuerzo para no interrumpirnos demasiado. Sí que queríamos transmitir el hecho de que se interrumpían pero si tienes el audio original de fondo y a eso le sumas el ruido que generan dos o tres intérpretes pisándose, el resultado es un caos que nadie quiere escuchar. Aquí le han dado mucha caña al moderador, si bien no le envidiaba el trabajo. Ahora toca ver qué hacen los siguientes.

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Yo venía a moderar

Al inicio reconozco que los nervios jugaban en mi contra. Era mi primer debate electoral, cosa lógica por otra parte (nunca antes habían tenido candidatas a la presidencia) y había estudiado mucho, pero con el paso de los minutos me encontré más cómoda con el ritmo. He anotado cosas que quiero mejorar para el siguiente debate y cosas que me han gustado.

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Me he preparado para ser su intérprete y creo que eso es algo positivo

En la siguiente entrada dejaré hablar al señor Trump, perdón, a Daniel, que ya he consumido mis dos minutos de tiempo. El turno de palabra del moderador llegará después del segundo debate, porque todos queremos ver qué pasa tras las críticas que ha recibido Lester. Eso sí, no pensarías que iba a terminar esta entrada sin incluir el gif del primer debate.

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Buen debate a todos

El maestro traductor y las puertas

Hace poco me concedí un regalo de cumpleaños de los que me encantan: una entrada para ir a ver la obra de Ibsen El Maestro Constructor que se ha representado en The Old Vic en Londres durante los últimos meses con un reparto de lujo encabezado por el fantástico Ralph Fiennes.

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Hasta el cartel es interesante

 

Lo más curioso es que aunque la obra no es actual ni tiene nada que ver con nuestra profesión me fue imposible no pensar en nuestro mercado. No quiero destripar nada a nadie que pueda verla representada en un futuro pero la historia trata sobre un maestro constructor que se enfrenta a una crisis profesional y personal al llegar a una cierta edad (no hace falta entrar en detalles). Ha dedicado su vida a su verdadero amor: su trabajo. Es un autodidacta que se esforzó en su día por aprender todo lo posible para poder dedicarse a la construcción pero que reconoce, a veces de forma voluntaria y otras no tanto, que necesita a su aprendiz que sí que sabe de esas cosas de cálculos y herramientas que requiere un edificio moderno.

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Soy un intruso motivado con un becario que sabe de AutoCAD. ¿Os suena de algo?

No le ha ido mal, su pasión y dedicación ha suplido otras deficiencias y se ha rodeado de gente válida para seguir avanzando, pero por supuesto su éxito recibe críticas diversas. Unos opinan que es un intruso, sin formación, sin auténtico talento que sencillamente tuvo suerte. Otros le admiran como si se tratase de un dios romano. La única que le mira sin una opinión clara es la sufrida esposa que espera que termine el proyecto que tiene entre manos, a pesar de que sabe que siempre habrá otro detrás.

¿Qué hace un maestro traductor, perdón, constructor cuando ya no le quedan proyectos? Excelente pregunta y algo que da mucho miedo a los autónomos. La eterna lucha entre la experiencia que aportan los años y la fuerza de lo nuevo es el motor que mueve esta tragicomedia sin cesar. Halvard Solness no quiere retirarse, tampoco quiere construir más iglesias pero no considera que haya llegado la hora de dejar paso a las nuevas generaciones. Su aprendiz es un chaval lleno de talento pero al que aplasta constantemente para que no se emocione y quiera atreverse en solitario. ¿Qué será de todo su esfuerzo y de sus sacrificios personales si llega alguien mejor preparado y se queda con el mercado? ¿Quién va a querer a un constructor que en realidad no tiene título de arquitecto ni nada por el estilo? ¿Cómo se detiene a la marea que se empeña en llegar?

Ragnar, su aprendiz, maldice por las esquinas que nadie le de una oportunidad, duda de si tendrá verdadero talento y vive en una eterna lucha entre la admiración que siente por su maestro y las ganas que tiene por ocupar su lugar y demostrar que es mejor. Reconozcamos que el que se llame Ragnar es un punto a su favor. Además, lo que muestra este aprendiz es algo que nos suena a todos o casi todos. Ese momento en el que sales de la carrera o del máster con todos los títulos bajo el brazo y te das de bruces con la realidad del mercado. La de veces que nos hemos pegado con las palabras “experiencia obligatoria” antes de conseguirla.

Lo curioso es que cuando ya llevas unos años, ya tienes la dichosa experiencia y te sigues esforzando por tener oportunidades empiezas a ver claros los dos puntos de vista, entiendes tanto a Ragnar como a Halvard. Lo difícil que es empezar y lo complicado que es permanecer una vez las cosas han empezado a funcionar.

Entonces entra en escena una chica (que está como un cencerro) y que representa la volatilidad, creatividad y el abanico infinito de posibilidades de la juventud.

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Hilda, me caes bien ¿sabes usar Crados?

No desvelaré más detalles de la trama, tampoco es necesario, pero hay una conversación que me dejó poso (como dice mi compi de cabina Esther Moreno):

Halvard le explica su mayor miedo al médico de la familia:

SOLNESS. – Usted lo verá, doctor; usted verá a la juventud llamar, impaciente, a la puerta de mi casa.

DOCTOR. (Sonriendo). — Bueno, ¿y después?

SOLNESS. — Después, todo habrá concluido para el constructor Solness.

Y luego se lo cuenta a Hilda, que representa a esa juventud arrolladora, que le da una respuesta que no se espera:

SOLNESS. – (…) Se lo diré: ¡Empieza a darme mucho miedo la juventud!

HILDA. -¿Es posible que tenga miedo a  la juventud?

SOLNESS. -¡Oh! Sí, lo tengo. He aquí por qué vivo encerrado en mi casa. La juventud vendrá a llamar a mi puerta, querrá venir hacia mí…

HILDA. -En este caso, creo que sería mejor salirle al encuentro, y abrirle la puerta de par en par.

SOLNESS. – ¿Abrirle la puerta?

SOLNESS. — ¿Abrirle la puerta?

 

Lo de cerrar puertas es una lucha imposible e innecesaria, pero no viene mal un poco de empatía. Recordar los inicios, respetar la experiencia y admirar los broches de oro a carreras que han costado muchos años de batalla. El mercado nos necesita a todos en 1892 (fecha en la que se publicó la obra) y en 2016.

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Se ha venido arriba (esto solo cuenta como spoiler para los que han visto la obra) 

 

 

Intérpretes con piernas

Esta entrada tenía que llegar. Siempre estoy hablando de la calidad en la interpretación, de la formación para mejorar la vocalización, la pronunciación, el dominio del idioma y la curiosidad necesaria para conocer de todo un poco pero nunca me había parado a pensar que quizás debería invertir en tonificar las piernas, que tengo los tobillos como una matrona de las novelas de Jane Austen.

Todo esto viene por un anuncio que ha quemado las redes sociales esta mañana y no es para menos:

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En plena guerra de tarifas, en la que tienes que decidir si vas a batallar con la calidad de tu trabajo o lo bajo de tus tarifas en el campo de los presupuestos, nos encontramos con esto. De los productores de “si es un tema general muy sencillo”, los guionistas de “tengo un amigo que pasó un verano en Dublín y me lo hace gratis” y los actores de “interpreta como puedas” llega la última tendencia que nunca quisimos ver en nuestras pantallas de ordenador: el intérprete con piernas.

Corremos el riesgo de ser llamados intrusos por los acompañantes profesionales con años de experiencia en el sector y buen dominio de los idiomas. (Pun totally intended!). Sin embargo, esto no es nada nuevo en el mundo del marketing de servicios. Ya en Chile nos encontramos con los famosos cafés con piernas. Locales que a simple vista pueden parecer una cafetería normal y corriente, en los que te puedes tomar una Coca-Cola, un cortado o pedir unos servicios sexuales (no obligatorio).

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La clave está en las piernas

Si es que hasta en Brighton, que son unos adelantados, se han dado cuenta de que todo con piernas es mejor, incluso el cine.

 

No penséis cosas raras, estas piernas son publicidad engañosa, solo ponen películas y venden palomitas.

Por si alguien a estas alturas no lo ha pillado, esta nueva obsesión con las piernas que he desarrollado hoy es puro y duro:

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Sarcasmo: empleo de la ironía con fines expresivos.

Siempre me pregunto si hemos sido buenos a la hora de explicar lo que sí hacemos y para qué servimos (si hacemos nuestro trabajo bien). Una conversación que he mantenido más de una vez me plantea esta duda con frecuencia:

Final de una consecutiva, una persona se acerca con la mejor de las intenciones:

– Hola, me ha encantado lo que has hecho, qué difícil.

– Gracias, he preparado bien el tema y ha sido muy interesante.

– Se nota, ya te digo, felicidades.

– Gracias.

– ¿A qué te dedicas?

– A esto (ojos como platos).

– ¿En serio? ¿Todo el tiempo ¿Te pagan por esto? ¿Da para comer?

 

Por suerte por ahora nadie ha terminado esa conversación mirando furtivamente mis tobillos, pero ese es otro cantar…